Ocho años ya. Ocho años sin el ocho.

Ocho años sin su sabiduría, su honestidad y su carácter. Ocho años sin el genio con genio.

Pocas personas han acaparado, en toda la historia del Atlético de Madrid tantos valores definitorios del espíritu del club como Luis. Soy de los que pienso que esa idiosincrasia ha sido forjada por gente como él, que han dejado su huella y han construido el imaginario rojiblanco a lo largo del tiempo.

La resistencia, el coraje, la capacidad de sufrimiento, la grandeza, el no rendirse nunca, luchar hasta el final dejándose la piel en el verde conforman ahora nuestro ADN. Y es así porque tipos como Escudero, Collar, Luis, Adelardo, Gárate, San Román, Pereira, Ayala, Capón, Tomás, Gabi, Godín, Torres, Koke o Simeone, entre otros muchos, han traspasado el escudo de la camiseta al corazón, donde lo llevan tatuado.

Y porque la afición siempre ha sido especial, representando una parte mucho mayor que en otros clubes y estando muchas veces muy por encima de los representantes del palco o del césped.

Si esos jugadores han logrado calar hondo en nosotros es porque han entendido perfectamente lo que es este equipo y nunca han escatimado el esfuerzo llevando su camiseta. Aquí nunca se ha puesto por delante el ganar, aquí se gana cada día por el sentimiento de pertenencia, como dice Salva Dávila en Soldados de Neptuno, diga lo que diga el marcador.

La trayectoria de Luis siempre tuvo su eje en el Atleti, tanto de jugador como de entrenador en sus diferentes etapas. Y la culminación de su legado llegó con la Selección nacional, en un guion rojiblanco a más no poder.

Su periplo al frente del equipo, que debería ser de todos, estuvo plagado de piedras en el camino. Las lindezas con las que obsequiaron un sector mayoritario de los medios al mejor entrenador que jamás tuvo y tendrá La Roja fueron susceptibles de querella criminal; el odio exacerbado superó con mucho el ejercicio crítico consustancial a la actividad periodística y cruzó todas las líneas imaginables. El ataque personal, los escraches organizados y todo el arsenal de infamias e insultos que recibió El Sabio hubieran aniquilado a cualquier persona normal. Pero Don Luis, aunque como después hemos sabido lo pasó mal, no era una persona normal, no era uno más.

Era, es y será especial, único. Un grande.

Soportó lo insoportable porque su escuela de vida fue el Atlético de Madrid. Y allí cuando llueve cantamos más fuerte, cuando caemos nos unimos para levantarnos y volver a intentarlo. Allí el trabajo y la humildad no son negociables y los nuestros son sagrados. Allí nuestra palabra vale más que cualquier contrato.

Y como Luis era atlético por encima de todo, predicó con el ejemplo y fue sacrificado en el Barcelona por defender a sus jugadores. Perdió contratos millonarios que le ofrecieron después de haberse comprometido verbalmente con otro equipo. Pero en su cabeza no había otra forma de actuar, no le dio ningún mérito a su integridad porque le venía de serie.

Por esto y por un millón de cosas más, en el Calderón, esté donde esté, siempre tendrá Don Luis Aragonés Suárez un palco preferencial en el tercer anfiteatro. El palco número 8.

En el guion de la vida de Don Luis Aragonés, por suerte, al final de la película ganan los buenos. Levantamos por primera vez en la era moderna una copa con La Roja y todos los artífices de aquella proeza se han encargado de colocarlo en el sitio que merece. Es emocionante escuchar a Xavi, Casillas, Villa o Torres hablando de él y la rabia contenida que desprenden por el trato tan injusto que recibió.

Fue el auténtico pionero que vio lo que nadie antes había acertado a imaginar. El hombre que cambio la historia y la idiosincrasia de nuestro fútbol y que nos convirtió en GANADORES.

Por todo esto y mucho más, podemos decir que no llevamos ocho años sin el ocho. Su recuerdo, sus enseñanzas, su carisma, su sinceridad brutal y castiza, así como su legado, permanecerán para siempre con nosotros.

Si será grande Don Luis que no se quiso ir hasta que estuvo seguro de que nos dejaba en buenas manos. Y en ellas seguimos, pese a quien pese.

Haciendo camino, ad augusta per angusta, partido a partido.

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