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La belleza del no ganar: en recuerdo a Raymond Poulidor

Se murió Raymond Poulidor y todos nos quedamos un poco huérfanos. Porque era un ejemplo, una esperanza. La de que no es necesario ganar siempre (que, de hecho, ni siquiera es necesario ganar) y que te quieran. La de que para trascender hay que tener estilo, no victorias. Recuerdos, no gestas.

Ha muerto Raymond Poulidor y se va alguien contradictorio. Sí. Pese a lo que pudiera parecer. Usted, lector atento, verá estos días multitud de panegíricos. Los realmente malos se centraran en que es (era) abuelo de Mathieu van der Poel, porque quien no confía en lo que de bello tiene el pasado siempre necesita vestirlo con ropajes del presente. En fin, qué se la va a hacer. Pero luego están los otros. Los que recorrerán, con más o menos gracia, su carrera profesional. Los que van a vender (créanme, lo sé) la imagen del campesino bonachón y simpático que era incansablemente derrotado por aquel monstruo ególatra que fue Jacques Anquetil. Y, oigan…tampoco.

Raymond Poulidor fue inteligente. Muy inteligente. Tanto como para entender que su mayor atractivo no estaba en la manera esforzada de mostrarse sobre la bicicleta. Tampoco, claro, en la sonrisa seductora que regalaba a las cámaras. Cómo competir ahí con Jacques. No, otra cosa. Seré el de ellos. Me convertiré en hijo del pueblo. Nació en Masbaraud-Mérignat, unos cien kilómetros al sur del centro geográfico de Francia. No está mal para comenzar. El Limosín, vacas de color rojo y volcanes al este. A Poulidor le encantaba recordar sus orígenes, hacerse pasar por más paleto de lo que era. Miradme, soy como vosotros. Y la Francia del 68 asentía, suspirando.

Una pose. Paradójicamente quien plantaba fresas con sus propias manos era Jacques Anquetil, mientras que Poulidor usaba su astucia para desplumar a los compañeros en las primeras concentraciones de pretemporada. Al póker. Empezaba a jugar con esa sonrisa suya, un poco de Paco Martínez Soria por Madrid. Oh, las cartas, sí, parece divertido. Los veteranos nunca entraban al trapo, los nuevos aprendían muy pronto. Implacable, brillante, rápido. Te sableaba el sueldo de un mes con cara inocente y al final quien acarreaba sensación de culpabilidad eras tú. Cómo pude, cómo pude.

Pero la imagen resultaba perfecta. En ese espejo de distorsiones que es siempre el ciclismo a Poulidor le tocó bailar con Anquetil. Luego lo haría con Merckx, por cierto, pero la imagen que devolvía el cristal bruñido cuando pasaba por delante el belga tenía más de ejército prusiano que de quijote en solitario. Otra historia, que hablamos de Raymond. El negativo de Anquetil, su gemelo malvado. Todo preparado para enfrentarlos, todo dispuesto para que uno sea el malo que gana y otro el bueno que pierde. El maillot de Poulidor, tan sobrio, tan elegante, ese morado Mercier. Su forma de correr. El esfuerzo en la montaña, el sufrimiento contra el crono, que siempre resulta una actividad más deshumanizada, más ciega para las empatías. Incluso su entorno. Anquetil lleva consigo a la bella Janine, que parece una Jeanne Moureu en bicicleta y era primero la esposa de su médico. Poulidor, disciplinado, no deja que la consorte aparezca por las carreras. Es malo, nos desconcentra, le dice su director. Figura clave. Antonin Magne, Tonin el taciturno, un doble ganador del Tour que jamás sonreía bajo su boina eternamente calada. Él dibujó la personalidad de Raymond como si fuese barro húmedo entre sus dedos. O igual Raymond se sirvió del viejo campeón para justificar actuaciones, quién sabe. También en esto fue distinto Jacques, que tenía en Géminiani al director más golfo, lenguaraz y volcánico de siempre. O uno de los que más, vaya, la clasificación está reñida.

Así que el duelo estaba marcado en una Francia que era de Camus o de Sartre, de Truffaut o de Godard, que amaba los ojos verdes de Catherine Deneuve o los ojos grises de Brigitte Bardot. El público apoya al perdedor, porque ganar es de mal gusto y acaba creando adicción. Y Poulidor trasciende.

Ojo, también tiene sus victorias. Se impuso en la Milán-San Remo, por ejemplo, algo que jamás logró el normando. O en la Vuelta a España. Año 1964, precisamente sucediendo en el palmarés a Jacques. Fue su gran temporada. Jamás estuvo tan cerca de ganar en el Tour de Francia, pero le faltaron catorce segundos en el Puy-de-Dôme y más suerte bajando Envalira, el día que a Anquetil le dijeron “vas a matarte” y él, socarrón, terminó por no creérselo. En fin, historias. El Tour más grande de siempre, decidieron hace poco los franceses por votación.

(Andaba por ahí, brincando como un chiflado en las cumbres, Federico Martín Bahamontes. Junto a él, Julio Jiménez. Ahora ambos están solos).

Fue, también, extraordinariamente longevo, porque quiso seguir corriendo muchos años después de Anquetil. En ese tiempo, entre que desaparece el normando y llega un huracán proveniente de Bélgica con demasiadas consonantes en su apellido, se especializó en perder el Tour de Francia de las formas más inverosímiles. Contra Aimar por quedarse vigilando la rueda que no era. Contra Gimondi por menospreciar al neoprofesional sin pedigrí. ¿Pingeon? Caída dramática y entrega fiel a su compañero en la Grande Armée. ¿Janssen? Oiga, que me ha atropellado una motocicleta y casi me quedo en el sitio. Sí, era único perdiendo. De hecho si en algún momento hubiese tenido la pésima idea de conquistar el Tour de Francia todos nos hubiésemos quedado un poco decepcionados, como cuando ves dos décadas más tarde al amor de tu adolescencia. Qué quieren que les diga, no es para tanto.

Y ahí siguió él. Fue otras cuatro veces pódium en Francia, para un total de ocho. Récord. La última con cuarenta años. Récord. También cuatro medallas en Campeonatos del Mundo, ninguna de oro. Récord. Y siempre, siempre, los aplausos de los demás, el cariño de la gente, la capacidad para robarse corazones ajenos como robaba ases de la baraja más mezclada. Récord.

Raymond Poulidor se ha ido 32 años más tarde que Jacques Anquetil. El que fue su rival, a quien llamaba amigo. También en noviembre, año 1987. Un Raymond con cara de circunstancias visitaba a Jacques en el hospital de Ruán. Le quedan solo unos días, cáncer de estómago. El normando mira fijamente a Poulidor y sonríe.
“También a la muerte llegarás segundo, compañero”.

Ahora andan quién sabe dónde. Haciendo carreras. Y Raymond Poulidor se esfuerza, siempre, para no cometer la torpeza grosera de ganar.

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