Estimado P.:

Faltaban unas horas para que se abortase la tantas veces anticipada defenestración del Real Madrid a la Europa League —el antimadridismo, mientras la APA reflexiona acerca de mi petición de incluirlo en la próxima edición del DSM, quizá debería empezar a llamarse “síndrome de Sísifo”— cuando el mundo del fútbol quedó conmocionado por la noticia: dios había muerto. De inmediato todo fue opacado, y una multitud de Nietzsches se apresuró a improvisar obituarios en todas las redacciones de los periódicos, con similar desconsuelo al del filósofo alemán aquella tarde en Turín, junto al caballo. 25 de noviembre, fecha para los anales de la historia.

Un 25 de noviembre falleció George Best, y acaso el destino haya ofrecido uno de sus homenajes involuntarios, pues no resulta descabellado el paralelismo. Evidentemente, no al compararlos por su nivel técnico, con el Pelusa varios escalones por encima, sino por su similitud como futbolistas talentosos y disolutos, con sendos potenciales extraordinarios que, si bien bastante aprovechados, quedaron sin embargo por debajo de las expectativas. Aquella frase de Best que reconocía haber “malgastado” cualquier dinero no empleado en la fiesta pudo aplicarse también en amplios tramos de su carrera a Maradona, lo que permite juguetear para siempre con el “y si”. De cualquier manera, ambos adquirieron la condición de símbolos por encima de sus estrictas habilidades futbolísticas. Eso sí, cada uno trascendió en la proporción que le correspondía: la distancia existente entre el quinto Beatle y la divinidad. En el caso de Diego Armando, su carácter de mito se incrementó todavía más gracias a cierta actitud contestataria, la cual permite a la mayoría de sus seguidores pasar de puntillas sobre sus sombras, cuya importancia me permitirás obviar en el momento de su deceso. Las fotografías del Diez con Fidel Castro subrayaron su intocable estatus para muchos, de Galeano a Sorrentino. Por cierto, Fidel Castro, así son los hados del calendario, murió también un 25 de noviembre.

La defunción de Maradona alimenta nostalgias, y apenas hace falta hojear los primeros diarios para encontrarse el manido “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sempiterna muletilla omnipresente en todos los ámbitos —para la posteridad quedó aquella sentencia de Camilo José Cela acerca del jamón y el bidé, tan escatológica como su literatura— que en el terreno del fútbol ha hecho especial fortuna. Los partidarios del balompié de verdad, el de los ochenta, cuando agotan los argumentos del romanticismo del barro, las entradas a la rodilla y los centrales bigotudos, sacan en procesión al argentino como máximo exponente de un juego y una vida genuinos, aceptando los excesos como justo precio a pagar por la autenticidad, ese paraíso perdido. Los que crecimos con un fútbol posterior a la reconversión industrial, a la heroína y a los últimos héroes de la working class como el cojo Manteca, me temo que mantenemos una dosis de escepticismo ante estos discursos. Cada generación construye y derriba sus ídolos; sin ir más lejos, anoche el Madrid conquistó el territorio vedado del Giuseppe Meazza por primera vez en su historia. Y bien está que así sea. No en vano dijo Nietzsche que la ausencia de Dios nos hacía libres para ocupar su lugar.

Descanse en paz, Diego Armando Maradona.

Saludos.

P.        

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