Lo tengo que reconocer: he tenido la gran tentación de quitar el “Covid 19” del titular. He imaginado el rechazo que podía generar en cualquier lector que, cansado del ‘monotema’, entrase en A la Contra deseoso de encontrarse con algo diferente, y me ha dado vértigo. Pero entiéndanme: todo el que escribe desea ser leído. Aun así, y a riesgo de que pasen de largo y quedarme sin el ansiado ‘click’, he querido ser honesto con todos ustedes… y de paso evitar que nadie piense que esto es un publi-reportaje.

Si aún siguen leyendo, les pido que sigan hasta el final, fundamentalmente para entender por qué relaciono al maldito coronavirus con las míticas barritas de chocolate. Pero antes, debo hacerles otra confesión: el objetivo de estas líneas es tratar de autoconvencerme, y quizá sumar adeptos a mi causa, de que el encierro forzoso para evitar que los contagios se disparen puede convertirse en una oportunidad para todos.

Sí. Ya lo sé: ahora que llegaba el buen tiempo nos hemos quedado sin poder tomarnos una caña (o dos o tres) en las terrazas; ahora que había vuelto la Champions y que la Liga se ponía interesante nos quitan el fútbol; y, para colmo, ni HBO, ni Netflix tienen en estos momentos un catálogo de series demasiado boyante (si no están de acuerdo, admito sugerencias).

Soy consciente de todo eso. Y que la perspectiva de estar varias semanas en “arresto domiciliario” no es muy alentadora. Pese a ello, hay que recordar algo que parece obvio, pero que no se está teniendo en cuenta: cuando todo esto acabe, el sol, el fútbol, los amigos a los que ahora dejaremos de ver… seguirán allí. Y, además, todo eso lo ‘cogeremos’ con más fuerza, por el tiempo de ausencia: disfrutar de nuevo de lo que hemos sido privados momentáneamente es una gozada.

Pero, más allá de lo que pase cuando recuperemos la normalidad, hay que ‘aprovecharse’ de lo que nos toca vivir ahora. Entre otras cosas porque —esperemos—, no nos vamos a ver en otra igual: tener casi prohibido salir de casa es una experiencia nueva que, en un futuro, contaremos a cualquier chaval que nos quiera escuchar. Además, como así estamos salvando vidas, le daremos encima un carácter épico a nuestro relato, aunque me cuesta pensar que las generaciones venideras vean una gran proeza quedarse sin salir: si ahora les vale con las redes sociales para interactuar, imagínense en un futuro.

¿Qué podemos hacer para aprovechar este confinamiento? Pues muchas cosas. En primer lugar, si tenemos la suerte de tener a alguien que nos quiere a nuestro lado en este encierro, disfrutarlo, o disfrutarlos, al máximo. Piénsenlo: de repente ya no hay prisas, ni compromisos sociales, ni hay que hacer la compra porque, admitámoslo, todos hemos vaciado ya el Mercadona. Así que, ¿por qué no sentarse a hablar como hacía tiempo que no lo hacíamos con esas personas? Siempre lo he pensado: una buena conversación es el mejor pasatiempo del mundo.

Se pueden hacer muchas más cosas: recuperar juegos de mesa olvidados, hacer recetas imposibles para ver qué tal salen, quemar calorías montando nuestro propio gimnasio en el salón —los ejercicios de alcoba los guardo para quienes tengan esa suerte—  o, simplemente, recostarse en el sofá, a la caída de la tarde, con un buen libro, una copa de vino, o poniendo ese DVD que tanto nos gusta. Aquí también vale ponerse la final del Mundial de Sudáfrica, que el mono de fútbol se cura viendo partidos con los que fuimos felices.

En el fondo, la oportunidad que tenemos ahora es la de detener, en cierta forma, el tiempo. Todo pasa más lento sin las distracciones del trasiego de la calle, pero eso también es bueno. En un mundo donde todo pasa tan deprisa, tenemos uno o dos meses de paréntesis, para tomárnoslo con calma.

Por eso, precisamente, lo de “Tómate un Kit Kat”. Quizá los más jóvenes no lo recuerden, pero en los últimos días no he parado de acordarme de esos anuncios de los 90, protagonizados por personas que, en momentos de gran estrés, abrían un Kit Kat y, a continuación, dibujaban un paréntesis para detener el tiempo, y dejar de lado, al menos por un momento, las prisas. El eslogan, inolvidable, era “Tómate un respiro, tómate un Kit Kat”. Y eso, amigos, es lo que nos toca hacer ahora. Aprovechémoslo.

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