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Garci: “Yo no tengo vida interior, tengo vida anterior”

Aunque no te lo creas, aún quedan periodistas que solo utilizan boli y cuaderno”. José Luis Garci no puede evitar volver al pasado, aunque sea de forma involuntaria. Esta referencia concreta me la hace vía telefónica, justo después de preguntarme si estoy usando grabadora, ofreciéndome hablar más despacio para mi comodidad. En Garci todo es amabilidad y cercanía, un perfil muy alejado de esas figuras noir que tanto le (nos) fascinan.

Haberle escuchado tantas veces en Cowboys de medianoche hace que hablar con él sea como hacerlo con un viejo amigo. La conversación gira en torno a su última película, El crack cero, y a esa nostalgia casi vírica que le acompaña desde que nació. Nostalgia por un pasado que parece mejor, aunque no lo sea, y por esas épocas que nunca hemos vivido.

Hablar con Garci es lo más cercano a hablar con un poeta. Y es que en su boca cualquier discurso literario queda bien, en absoluto impostado. Dialoga como si estuviera guionizado por I.A.L. Diamond o por Raymond Chandler, y quizá lo esté.

—¿Cuánto de Humphrey Bogart hay en el personaje de Germán Areta?
—No creo que mucho. Humphrey Bogart era americano, jugaba al póker y llevaba gabardina trinchera. Este es un chico español, juega al mus y lleva una gabardina de Almacenes Viste Bien o de Galerías Preciados. Lo que pasa es que ambos se mueven en territorios de cine negro. Territorios amparados por el blanco y negro, la ciudad, urbanos.

El crack cero recuerda mucho al cine negro de los 40 y 50, de hecho. Pero también creo que es un ejercicio nostálgico. La nostalgia es una constante tanto en tu obra cinematográfica como literaria.
—En este caso concreto, soy un modelo del 44 —José Luis Garci nació en 1944—. Si hubiera hecho una película donde no aparecieran esos planos y esas secuencias otoñales, estaría preocupado. Evidentemente, influye la edad que vas teniendo, que te hace tener cada vez más melancolía o nostalgia para enfrentarte con las historias. Pero si te digo la verdad, he tenido esa sensación desde que era niño. Tenía como esa nostalgia hacia cosas que no has vivido, que es la nostalgia real. Nunca has vivido aquello y, sin saber por qué, tienes ese sentimiento.

—¿Qué es la nostalgia para José Luis Garci? ¿Una fuente de inspiración? ¿Una losa?
—No creo que se haya definido mucho. El homesick, lo llaman los americanos. La enfermedad de llegar a casa, ¿no? Sientes melancolía o tristeza de tu casa. Podríamos aplicarlo a la infancia, donde siempre hay algo perdido. Es como el libro de Proust, En busca del tiempo perdido. Aunque yo lo llamaría En busca del tiempo aprendido. Desde niño he tenido nostalgia de algo que no he vivido. Cuando ves una película de piratas o del Oeste, al salir del cine, aunque hubiera acabado bien, aunque el malo haya muerto y el chico y la chica queden juntos, ves los faroles de tu calle, tus edificios y sientes una tristeza indefinible porque has abandonado una vida y entras en la real, ya que el cine es una vida de repuesto. Es difícil de explicar.

—¿Crees que Alfredo Landa estaría contento con el resultado final de El crack cero?
—Eso es imposible saberlo, pero yo creo que sí. Sus tres hijos, a los cuales invité al preestreno, le dijeron maravillas a Carlos Santos —que hereda de Landa el papel de Areta—. Hasta tal punto que le hicieron llorar. Yo creo que Alfredo nos ha echado una mano desde arriba y ha habido una trasmigración de almas entre los dos. Ten en cuenta que son muy parecidos. No físicamente, sino a nivel del alma. Los dos han tenido grandes éxitos en la comedia. Recuerda el éxito que tuvo Alfredo en el género, y también Carlos interpretando a Povedilla en Los hombres de Paco. Los dos se han enfrentado a papeles estupendos a lo largo de su carrera. Fíjate en Carlos Santos haciendo de Roldán, papel por el que ganó el Goya. O Alfredo en Los santos inocentes. Los dos han sabido llegar, meterse en la gabardina de Areta y caminar con sus pasos. Son extraordinarios ambos. He tenido suerte.

—Esta pregunta es un poco de cajón: ¿Qué buscabas transmitir con esta película?
—Pues te voy a responder con algo de cajón: no lo sé —responde entre carcajadas—. Porque yo no soy el autor. He intentado contar una película, narrarla lo mejor que he podido, con la mayor sencillez, intentar que los actores estuviesen estupendamente, que la luz fuese la luz de las películas americanas de Fritz Lang, contar de alguna manera las cosas que nacen en uno sin darse cuenta, las cosas que me gustan como el fútbol, el boxeo, los cócteles, los cuadros, mi padre… La música de Jesús Glück, que es un decorado extraordinario, que te abriga. En la película dicen que “los libros abrigan”. Pues ojalá haya hecho una película que abrigue.

—¿De qué te sientes más orgulloso de la película?
—La he visto mientras se hacía y se filmaba, a través de las caras de los actores de la puesta en escena que tenía a tres centímetros de mi vista, respirando el mismo aire que ellos… Luego la he montado y he dado un pase para verla a tres o cuatro colaboradores. Me parece que cumple su cometido. La gente que haya visto las anteriores películas de la saga no se va a sentir desubicada. Enlaza muy bien con las otras dos, puedes entender muy bien a los personajes… La verdad es que soy muy mal crítico de lo que hago, y entre mis diez directores de cine favoritos no estoy yo. He intentado hacer una película, no un film. No soy un autor, intento ser un narrador.

—Una de las cosas por las que quería felicitarte es por la elección de Miguel Ángel Muñoz para el papel de Moro.
—No tiene ningún mérito porque yo con Miguel Ángel Muñoz había hecho teatro. En las dos obras que he hecho él fue el protagonista, así que yo sabía que él era alguien más que el ganador de MasterChef. Lo conocía y sabía que podía sacar adelante el personaje.

—Desde fuera parece una elección arriesgada. Miguel Ángel parece el típico galán, un actor muy guapo que, a priori, no encaja mucho en el papel de Moro. Pero la verdad es que fue un acierto total.
—Sí, sí, está estupendo. Están estupendos todos. La suerte que yo he tenido es que todo el reparto está magnífico.

—Volviendo al tema de la nostalgia. ¿Qué es lo que echas más en falta del mundo de antes?
—Hombre, no lo sé. El mundo de antes es el mío de ahora. Es un error cuando la gente dice “en mis tiempos…”. No, tus tiempos son estos. Otra cosa es el recuerdo que tengo de una época anterior, lejana. La gente no termina de entender que yo no tengo vida interior, yo tengo vida anterior. Porque lo que tengo son recuerdos, memoria… Yo creo que la vida de ahora es mucho mejor que la de antes en todos los aspectos, en todos los campos: en sanidad, vestimos mejores ropas, tenemos mejores automóviles, comunicación, puedes tener todas las películas que quieras… El cine es Netflix ahora. Lo tienes en casa. Todo ha mejorado. Lo único que, cuando echas la marcha atrás en la máquina del tiempo y ves una película como El crack cero, gente muy joven como tú no sabe lo que es una ficha de teléfono. Entonces las cabinas casi siempre estaban rotas, entonces entrabas en un bar y decías “dame una ficha Manolo”. Y Manolo te daba una ficha que valía una o dos pesetas, la metías por la ranura y hablabas tres minutos. Eso es una imagen de ciencia ficción en comparación con la comunicación de hoy. La película tiene esas cosas.

—Y en cuanto al cine de antes, al cine clásico. ¿No sientes también cierta nostalgia hacia esas películas antiguas?
—A eso no le tengo nostalgia porque las veo continuamente. Puedo ver al año como 30-40 películas de las que se estrenan, de las cuales me gustan 3 o 4. Pero diariamente veo una de Hawks, John Ford o Billy Wilder. O sea, que no las echo de menos.

—¿Qué les ha parecido la película a tus compañeros Cowboys de medianoche?
—Los cowboys fueron los primeros en verla. Estuvieron en un pase los tres junto a David Gistau, que es mi amigo y del que soy padrino de su hijo. Les gustó mucho a los tres. Me dijeron que estaba en el buen camino.

—Hay un libro de Raymond Chandler que se titula El largo adiós. ¿Es este El largo adiós de José Luis Garci?
—En absoluto. Solo he dejado de hacer películas, pero la vida sigue y yo sigo en ella. Sigo escribiendo, yendo a la radio, me han dado el premio Mariano Cavia de periodismo… He tenido suerte. Que deje de hacer películas no significa que diga adiós.

—O sea, que los tiempos gloriosos son los de hoy, ¿verdad?
—Estos tiempos son los míos. La gente aplica muy mal lo de Jorge Manrique. Jorge Manrique no dice “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Dice: “A nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”. No dice que fuera mejor. Es lo que nos pasa a todos. Cuando vuelves al pueblo en el que veraneabas de pequeño piensas “joder, qué pequeño era el bar donde jugábamos al futbolín”. En la infancia creías que la vida tenia otro tempo y era otra cosa. Pero no es que fuera mejor. Ya no te acuerdas, porque el tiempo lo ha olvidado, del berrinche que te llevaste cuando fulanita no te quiso a ti, quiso a otro. No es que el pasado fuera mejor, es que fue distinto. Aparte de lo que dice un personaje de El crack cero: “El pasado es un sitio donde nadie te da la lata”. Eso también es verdad.

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