lunes, mayo 20, 2024
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Maldito ciclismo

No fumo y apenas bebo. Cuando quise de dejar de beber refrescos de cola, lo conseguí sin mucha dificultad –me convencí de que el sabor ya no me gustaba, y sin más, dejó de gustarme–. Con la afición al ciclismo, pensaba, sería igual de fácil.

Mi primera experiencia como aficionado fue ir con mi hermano menor, él con 7 años y yo a punto de cumplir 11, a ver la última tapa junto al Santiago Bernabéu de la Vuelta de 1983, en la que Gorospe se había hundido tras un ataque de Hinault apenas unos días antes. El francés ganó La Vuelta por delante de mi corredor favorito de entonces, Marino Lejarreta. Había muchísima gente, tanta, que en un momento dado nos separamos, y debí tener tal cara de angustia que un policía se acercó a mí y me preguntó qué me pasaba, y le dije que había perdido a mi hermano. Maldito ciclismo; lo podía haber visto por televisión. Me llevó a ver la etapa a la línea de meta, desde donde vi una constante mezcla de color –pero sin distinguir a ciclista alguno– pasar por delante de mí cada puñado de minutos. Al acabar la etapa, el policía me acompañó a casa y allí estaba, en el sofá, mi hermano con mis padres. Todos tan tranquilos, ¡con el mal rato que pasé yo! Por la razón que fuera decidió irse a casa sin decir nada, o sin que yo le oyese.

El ciclismo de entonces tenía de todo, era como una novela o una película de piratas. Había buenos y malos, sorpresas y decepciones, cambios de guión cuando menos lo esperabas, disputas internas, heroicidades, canalladas —mucho más inocentes que las que mencionaré luego— fugas y desvanecimientos. Mi primer corredor favorito fue Lejarreta. Fignon apareció entre los buenos inicialmente, para convertirse en villano y de los peores, y ya retirado, volver al lado del afecto. Hinault era el otro malo de la película, un ganador incansable. Y luego llegó Perico Delgado, y con él, todo tipo de relatos. Delgado trajo ilusión a los aficionados, como aquel día en el que apareció entre la niebla en una etapa del Tour por los Pirineos. Entonces la tecnología era peor y si hacía mal tiempo no había más imágenes que las que pudiesen ofrecer las cámaras fijas de meta. Y allí apareció aquel día Delgado ganando la etapa. Y aunque nos trajo alegrías, el maldito ciclismo tenía para Delgado pájaras, caídas, el llegar tarde a la salida del prólogo del Tour en Luxemburgo y un positivo cuando iba a ganar el Tour. Aquello se solucionó porque la sustancia en cuestión era dopaje para el Comité Olímpico Internacional pero no para la Unión Ciclista Internacional.

Aquel “positivo pero no” fue el principio de mi desencanto. En la época de Indurain apareció junto a él un médico, Padilla, que tuvo clientes involucrados en casos de dopaje. Doctores (o druidas) como Fuentes o Ferrari eran tan conocidos como los mejores ciclistas. La evidencia estaba delante de todos pero no se hacía nada. Estalló el Caso Festina (un masajista del equipo fue cazado con un arsenal de productos dopantes) en medio de un Tour bochornoso, con los equipos españoles desapareciendo de la carrera, no se sabe por qué sentimiento corporativista mal entendido, y varios ciclistas bajándose de la bicicleta nada más cruzar la frontera con Suiza en medio de una etapa.

Entiendo que el dopaje existe en todos los deportes, pero la actitud del ciclismo era lo que más me desesperaba. Ciclistas que, en lugar de atacar al tramposo que le había robado la gloria, le defendían, como hizo Pereiro con Floyd Landis. Pereiro ganó el Tour después de la descalificación del americano, que se había hecho las fotos de amarillo en París en un momento que no le pertenecía. Solo puedo ver un motivo por el que Pereiro no sufriera un ataque de furia, y es el que ustedes estarán pensando. Ver una carrera era un acto de fe, lo que allí pasaba no tenía nada que ver con el deporte. Maldito ciclismo.

De algún modo, unos médicos que atentaban constantemente contra la salud de los deportistas y unos directores deportivos ineptos (por no saber lo que pasaba) o incitadores no eran sancionados. Para hacer las cosas un poco peores llego “el pinganillo” y se acabó la épica, el desobedecer al jefe de filas como Lemond o Fignon hicieron con Hinault, ya no había ni improvisación ni inspiración. Los directores deportivos manejaban todo como quien juega en una consola, y en la mayoría de los casos, de haber sido entrenadores de fútbol, habrían jugado al cero-cero, corriendo para proteger un maillot de puntos y un octavo puesto en la general.

El estallido del caso Armstrong acabó con todo. En el mejor de los escenarios, el dopaje del americano era un secreto a voces, después de ganar siete Tours con absoluta suficiencia y con todos sus compañeros de podium en París cazados en uno u otro escándalo de dopaje. ¿Cómo iba a ganar limpio? Maldito ciclismo, maldito de verdad. Contador dio positivo, Valverde dio positivo, Pantani y Jiménez fallecieron en medio de una brutal depresión quizá causada por las sustancias dopantes. Y aun así, los ciclistas se dopan. Adiós, maldito ciclismo. Hasta aquí hemos llegado.

Pasó el tiempo, del que dicen que cura casi todo. Desde Inglaterra seguir el ciclismo por televisión era imposible hasta la aparición de Wiggins en el equipo Garmin y posteriormente el equipo Sky/Ineos. Pero algo pasó. Quizá porque aún leía las crónicas de Trueba —del mismo modo que te puede gustar el cine negro y no los crímenes—, porque la televisión volvió a prestar atención, o porque una etapa de La Vuelta pasaba por delante de la casa de verano de mis padres y quería verla en televisión. Quizá porque tanto el Giro como La Vuelta cambiaron las etapas —siesta por finales emocionantes—, quizá porque en un verano sin Juegos, ni Eurocopa, ni Mundiales de atletismo o fútbol no había otro deporte que ver. Seguramente por un poco de todo eso y algo de añoranza, acabé frente a la televisión viendo el maldito ciclismo.

Hay cosas que no cambian. Llega el Tour y te engancha, odias los días de descanso y cuando se acaba la competición querrías unos días más. El Tour de 2019 trajo abanicos, complicaciones en Movistar, un héroe inesperado en Alaphilippe, un corredor dispuesto a poner a toda Francia a sus pies como Thibaut Pinot, que bien podría pasar por su Delgado, retirándose por lesión cuando apuntaba como mínimo al segundo lugar. Hubo tanto premio para Bernal por valiente como castigo para el Movistar por indeciso, hubo un alud en medio de una etapa vibrante y que pudo haber sido épica. Hubo emoción hasta el último puerto, hubo espectáculo repartido entre varios ciclistas, y aunque fue un Tour completo y cometido, hubo ganas de más. No puede ser de otra forma. Que venga La Vuelta… pero que venga despacio, que nunca hace falta que septiembre se apresure.

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