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Ito, cuando éramos humildes

Créanme, jóvenes millenials, hubo un tiempo en el que seguir a tu equipo de fútbol en un partido de Liga era todo un ritual, un ejercicio de paciencia, ingenio e imaginación sin par. Nada que ver con la comodidad de hoy en día: se pone uno algo para picar, unos taquitos de queso y jamón, unos frutos secos o unos altramuces, se agarra una cervecita o un refresco de la nevera, se sienta en su sillón favorito delante de una televisión de pantalla plana, de alta definición, con más pulgadas que las piernas de Adriana Sklenaříková y, con solo apretar un botón del mando a distancia: “Voilà!” Ahí tenemos a nuestros héroes. Podemos incluso, en muchos casos, si así nos apetece, seleccionar la perspectiva desde la que queremos contemplar el encuentro e incluso escoger el narrador del mismo en el caso de que el que narra por defecto nos produzca repelús o somnolencia.

El tiempo del que os hablo era una época de gente arremolinada alrededor de un transistor o un radiocasette —seguramente traído de contrabando de Andorra, escondido entre cartones de tabaco americano, un par de botellas de whisky, azúcar, galletas holandesas y chocolate suizo—. Internet se estaba gestando en cualquier recóndito despacho del CERN y la Red Digital de Servicios Integrales (RDSI) aún estaba en pañales. El más mañoso del grupo, generalmente alguno que en su juventud se había dedicado en las frías y oscuras noches invernales a sintonizar Radio Libertad de Moscú, allá por los setenta, se hacía dueño de la ruedecilla del sintonizador y la hacía girar con mimo y sutileza, con la delicadeza y precisión con que maneja un cirujano plástico el bisturí y la sutura, hasta dar con la frecuencia exacta en que se podía escuchar algo sobresaliendo por sobre el ruido de fondo. Fue durante aquellas tardes de domingo que aprendimos de boca del gran Héctor del Mar, en Radio Intercontinental primero y en la cadena SER después, que un partido de fútbol podía ser algo más que un evento deportivo: un cuento, una novela, una epopeya, la épica historia de veintidós colosos batallando por la victoria.

En aquellos días no solo la forma de escuchar o ver el fútbol era diferente, también era diferente en sí mismo el propio fútbol, tanto en el aspecto de preparación física, como en el aspecto táctico e, incluso, en la forma de confeccionar las plantillas. El derecho de retención que podían ejercer los clubes sobre los futbolistas, junto con la normativa vigente que permitía tener únicamente dos jugadores extranjeros en la plantilla, condicionaba —¡y de qué manera!— la forma en la que los clubes se podían reforzar; la ley Bosman, que ha convertido a los equipos en pequeñas Torres de Babel, no entró en vigor hasta mucho tiempo después, dando la vuelta al fútbol como un calcetín, cambiándolo de arriba abajo .

Una vez cubiertas las plazas de extranjeros, el único mercado al que se podía acudir era al mercado local; por eso cualquier jugador nacional que destacaba mínimamente durante una temporada era rápidamente fichado por alguno de los grandes. Daba un poco igual si el jugador era del perfil necesario, si se debía cubrir un puesto que presentaba alguna debilidad o si el estilo del jugador se acomodaba al tipo de juego practicado por el equipo. Lo primordial era hacerse con la joya en ciernes para evitar que pudiera despuntar en un equipo rival; las nuevas perlas futbolísticas nacionales eran las trufas del balompié patrio.

Sólo desde esta perspectiva podemos entender, hoy en día, que un jugador como Andrés Alonso García, Ito, acabase recalando en todo un Real Madrid. Hoy, el fichaje de un jugador como él hubiera sido impensable porque, en primer lugar: ni era un jugador top, ni era determinante, ni mediático, y, porque, en segundo lugar, hubiera sido criticado hasta la saciedad por el propio madridismo desde el primer minuto. Pero en aquel tiempo, cuando todo era más sencillo y más simple, el fichaje de Ito fue motivo de alegría y regocijo para la mayor parte de aficionados del club; era lo mejor que nos podía ofrecer el mercado interno, el plato de lentejas nuestro de cada día.

Era otro tiempo, cuando casi todos éramos pobres, pero humildes, y sólo nos podíamos permitir sueños de pobre, sueños humildes. Y así era también nuestro Real Madrid, como la sociedad de esa época: pobre, humilde, honrado y abnegado, como un bocadillo de mortadela con olivas a la hora del recreo, como un señor entrado en años en mono azul, con el almuerzo bajo el brazo, envuelto en papel de periódico, en el autobús a las siete de la mañana.

Fiel reflejo de ese Real Madrid fue “el equipo de los Garcías” que, a falta de virtudes más notables, con el empeño y la honradez por bandera y un futbol rudimentario a más no poder, llegó a disputarle una final de Copa de Europa al Liverpool en el Parque de los Príncipes de Paris, en mayo del año 81. Dos meses antes de ese duelo, Ito, la joven promesa nacional del momento, había sido fichado de cara a la siguiente temporada arrebatándoselo al Barcelona, como ya ocurrió años antes con Juan Gómez Juanito.

Fijaos si era diferente el fútbol que, en un alarde de generosidad por parte de Ito para con el club que le había permitido dar el salto al estrellato, el jugador renunció a una importante cantidad de dinero para que la Unión Deportiva Salamanca pudiera paliar su precaria situación económica e intentar salir a flote. Hoy no se hubieran perdonado ni los sellos del franqueo pagado en destino de la notificación que hubieran presentado los abogados del jugador en la RFEF al pagar la cláusula de rescisión correspondiente.

En enero de ese mismo año 1981, cuando ya las especulaciones del fichaje de Ito por el Real Madrid habían pasado de ser meros chismes futboleros a realidades, tuve la fortuna de verle en directo en el Estadio Municipal de Terrassa. Para un chaval madridista el poder contemplar a uno de los futuros miembros de su equipo era un motivo de alegría sin parangón. Se enfrentaron la Unión Deportiva Salamanca y el Terrassa Fútbol Club en eliminatoria de Copa del Rey. El partido de ida en el Helmántico se había saldado con una victoria del conjunto charro por la mínima, de modo que para el partido de vuelta las espadas estaban en todo lo alto. Eso, junto con la anunciada presencia de Ito en el once salmantino, desató la locura en la ciudad y el estadio registró un lleno como pocas veces yo había visto.

Del partido no recuerdo mucho, por no decir casi nada, tal vez porque yo era muy joven o porque fue bastante soso, aunque sí que recuerdo el nerviosismo que me producía la incertidumbre del cero a cero inicial, que se mantuvo hasta el final. Recuerdo protestar alguna jugada dudosa en las postrimerías del encuentro y lamentar que siempre se beneficiara a los clubes de Primera. ¿Y de Ito? Pues de Ito recuerdo menos aún. Le recuerdo como un chavalín: menudo, apocado, frágil, de regate seco y corto, sobrio, poco dado a la filigrana pero sin mucho recorrido. Por características era más un jugador de fútbol sala que de fútbol once; pero en aquel tiempo el fútbol sala era algo que solo se jugaba en el patio del colegio. Dejó pocos detalles futbolísticos, algún intento de dribling en banda; muy poco para lo que se esperaba de él, una emergente figura en ciernes, la futura estrella del madridismo, el sucesor natural de Juanito (¡ahí es nada!).

He de reconocer que fue un tanto decepcionante mi encuentro con Ito y quién sabe si no fue un presagio de lo que estaba por llegar, puesto que su paso por el conjunto blanco no pudo ser más discreto: la misma discreción que transmitía su juego es la que, sin menospreciar a la persona o al futbolista, califica su etapa de madridista. No miento si digo que para saber qué títulos ganó el bueno de Ito con el Real Madrid he tenido que recurrir al que todo lo sabe: Mr. Google. Pero de lo que trataba este artículo era de hablar de qué fichaje recuerdo con más pasión —visto a ojos de un niño de hace cuarenta años— y no de las condiciones, del resultado final o la idoneidad del propio fichaje.

Resulta cuando menos paradójico que recuerde más su fichaje —lo tengo interiorizado como un momento de dicha suprema— que del desempeño del propio futbolista en el Real Madrid, del que, para serles sincero, no recuerdo nada; tal vez porque de niño uno vive en un sueño eterno alejado de la insípida y austera realidad cotidiana. Es como cuando ansiabas con todas tus fuerza que los Reyes Magos te trajeran un juguete al que nunca prestaste mayor atención, más allá de los cinco minutos posteriores a destrozar su envoltorio, al descubrir, no sin pesadumbre, que no tenía nada que ver con lo que te habían metido por los ojos en los anuncios de televisión.

Lo de los galácticos, los fichajes muchimillonarios, el marketing global, el naming y esas zarandajas de estos tiempos, en los que parece que los billetes violetas broten de las zarzas como las moras en verano, es algo que vino después, mucho después, y parece que llegó para quedarse eternamente, para no satisfacer nunca el ansia de posesión de una afición que nunca se conforma con nada y para la que siempre todo lo que se fiche será poco si el vecino de enfrente, en un ataque de locura irracional, ha decidido lanzar su futuro económico por la ventana.

Era otra época, otro tiempo, cuando éramos pobres y humildes. Nunca fuimos tan felices como cuando no teníamos nada, nunca seremos tan desdichados como cuando lo hemos tenido todo.

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