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Las estaciones de Pochettino

Fue León Tolstói quien nos enseñó que en la literatura toda historia se inicia entre dos premisas: o bien un hombre inicia un viaje o bien un extranjero llega a una ciudad. Ambas posibilidades confluyen en la travesía que todavía no ha concluido por más que nuestro protagonista haya dejado de sentirse ya un extranjero, convertido en hombre de mundo. Moldeado por la brisa mediterránea de Barcelona y el refinamiento de París llegó hasta la cuna del fútbol para aportar matices propios y enriquecer la pelota con su libreto. En el norte de Londres, en el barrio de White Hart Lane, el acento argentino siempre encontró acomodo. Ahora uno de ellos les ha llevado a acariciar la gloria. Allí Pochettino es mucho más que un entrenador. Estas son las estaciones previas de un viaje sin fin.

 


Murphy, el inicio de todo


El origen tiene nombre anglosajón, como si el destino viniera marcado desde la cuna. En Murphy (Santa Fe, Argentina) pasan pocas cosas, por no decir ninguna. Pero en la pequeña localidad de poco más de 4.000 habitantes situada a 380 kilómetros al norte de Buenos Aires siempre hubo una especial querencia por el fútbol. Con el pecho hinchado se tomaron en serio aquello de ser el granero del mundo y de allí surgieron hasta una docena de futbolistas. Una excusa como otra cualquiera para alentar la exportación que en Murphy llevan a gala. «Algunas ciudades se enorgullecen por paisajes o monumentos, nosotros tenemos esto: la fábrica de futbolistas», dice Marcelo Camussoni, presidente comunal.

Un sentido de pertenencia que también se palpa en la ciudad donde un gran cartel con el rostro de sus particulares doce apóstoles da la bienvenida al visitante. Bajo el lema ‘Embajadores del buen fútbol’ sobresale la foto de Mauricio Pochettino. Junto a él otros nombres ilustres como el de su portero Paulo Gazzaniaga, Juan Pablo Caffa (ex del Betis), Mauricio Tano Piersimone y los hermanos Desábato, entre otros, todos ellos criados en el Centro Recreativo Unión y Cultura, causante último del milagro futbolístico de la ciudad. Alertado por el buen trabajo que allí se hacía, una noche y sin previo aviso, se presentó en sus instalaciones Marcelo Bielsa. Nadie le conocía todavía por el apodo del Loco («Sé que es un homenaje a su particular forma de pensar, pero salirse de los patrones comunes lo veo como algo excepcional, no como una locura» dijo más tarde Poche sobre su descubridor) pero advertido de las buenas condiciones físicas de un tal Mauricio preguntó a varios vecinos hasta que dio con su casa. Una vez allí, cerca de la una de la madrugada lo despertaron y ante la mirada incrédula del joven de 13 años Bielsa intentó convencer a sus padres: «Esas piernas tienen pinta de muy buen jugador».

 


Leproso y periquito


Su idilio con Marcelo comenzó ahí para convertirse en un leproso más. Pulido en la academia de Newell’s Old Boys el salto al primer equipo llegó de la mano de Bielsa. También los primeros títulos. Un Apertura (1990-91), un Clausura (91-92) e incluso una final de Copa Libertadores perdida en los penaltis frente al magnífico Sao Paulo de Telé Santana. Aquello le abrió un hueco en la memoria de Ñuls y le facilitó el pasaporte a Europa. Barcelona y el Espanyol sería su siguiente parada. En la Ciudad Condal aterrizó en 1994 y durante seis campañas supo ganarse el corazón perico con su entrega y profesionalidad. Poche era ya entonces un central moderno, de esos que tienen un buen trato con el balón, capaces de coordinar el juego desde la defensa y de imponerse con contundencia (1,82 m.) cuando la situación lo requiere.

El Sheriff de Murphy volvió a coincidir en Barcelona con Bielsa, aunque el paso de este por el banquillo blanquiazul fuera testimonial y apenas pudo desplegar su ideario en un puñado de partidos de la temporada 1998-99. La AFA había llamado a su puerta y Bielsa dio la espantada ante el mayúsculo reto de la Albiceleste.

Pochettino no escuchó los cantos de sirena que procedían de la capital. Convertido ya en capitán del Espanyol, el Real Madrid tanteó su fichaje pero él se quedó en la Ciudad Condal para levantar una Copa (2000) mostrando una lealtad que ya empezaba a escasear en el mundo del fútbol. No sería la última vez que dijera que no a los blancos.

El sentimiento de pertenencia se había estrechado al cobijo de la montaña mágica de Montjuic. Allí habían nacido sus hijos (Sebastiano y Maurizio), los mismos que tiempo después dormían con el pijama del Espanyol. Y es que con ese club terminó haciendo historia en dos etapas (volvería en 2006 para volver a alzar otra Copa del Rey) justo antes de pasar del césped al banquillo y cambiar el pantalón corto por el traje. Los periquitos le dieron también la primera oportunidad como entrenador y Mauricio, un tipo agradecido y con memoria les guiñaba un ojo desde la final de la Champions: «La alegría más grande que he tenido como técnico se dio cuando nos salvamos en Almería con el Espanyol en mi primera temporada en el banquillo. Acabamos llorando por todo lo que significaba para la gente del Espanyol, para nosotros, para la familia; fue la mejor alegría y la más emocionante». Habla un gallo de pelea que primero fue periquito.

 


París antes de los qatarís 


Hubo un PSG antes de que el dinero de Qatar lo inundara todo. Y en él jugó Mauricio Pochettino. Era la oportunidad de conocer otro fútbol y de paliar con su traspaso la delicada situación económica del Espanyol. El capitán blanquiazul fue vendido a los parisinos un mes de enero de 2001 por algo más de 500 millones de pesetas (3 millones de euros). Tenía 28 años y arrancaba así su segunda aventura en Europa. Allí tardó poco en convertirse en el líder de la zaga de un equipo menos galáctico que el actual pero que ya coleccionaba cromos en forma de estrella. Pochettino coincidió allí con Ronaldinho, Anelka o Arteta, por citar a algunos de sus compañeros. 

Dos temporadas y media en París y una más en Burdeos completaron su experiencia abriendo su mente a otros estilos futbolísticos y a un país como Francia. De allí se trajo otra de sus grandes pasiones, su gusto por los buenos caldos se cultivó más allá de los Pirineos. En el PSG vivía en las afueras de París y su casero era representante de una bodega importante por lo que le hacía llegar botellas de vino y champagne. Más tarde, ya en Burdeos, el presidente del club, Jean Louis Triaud poseía un chateau y Mauricio pudo cumplir el sueño de visitar con él las diferentes denominaciones de origen que tenía la región de Nueva Aquitania. «Burdeos es para mí la tierra con el mejor vino del mundo», se le ha oído decir alguna vez. Su paso por el Girondins fue más testimonial que otra cosa, justo antes de volver al Espanyol para apurar sus últimos sorbos como futbolista.

 


Inglaterra, un nuevo mundo


«El fútbol es, o así lo siento, un contexto de emociones». Así arranca el maravilloso libro de Guillem Balagué dedicado a la figura de Mauricio Pochettino. Una especie de diario de abordo de su tercera temporada en el Tottenham, la 2016-2017, en el que descubrimos buena parte de los pensamientos, experiencias e ideales que se esconden más allá del entrenador, que trascienden al terreno de juego, pero que tienen también su reflejo en él. Lo primero que destaca de Mauricio es el componente emocional, las estrategias desarrolladas para alcanzar el corazón de sus hombres antes que su cabeza. Entiende Pochettino que es el primero el que mueve las piernas y que estas en ocasiones llegan más lejos de lo que la razón entiende cuando se tocan las teclas adecuadas. Ese libreto se ha mantenido inalterable en Barcelona, Southampton y Tottenham.

Poco o nada conocía del fútbol británico Pochettino cuando le llamaron desde el sur del Reino Unido. Tampoco sabía hablar inglés y aquello le costó más de una discusión. No entendía su ayudante y hombre de confianza, Jesús Pérez, y tampoco su mujer, que dudara ante la propuesta del Southampton porque no controlaba el idioma: «No voy y chau», les llegó a decir. Luego recapacitaría y tras mantener una conversación con José Mourinho, que le recomendó que aceptara la oferta, se marchó al rescate de Los Saints en enero de 2013. Allí aplicaría una política de cantera que ya había perfeccionado en el Espanyol para sacar del anonimato a jugadores como Lallana, Ricky Lambert o Jay Rodríguez, convirtiendo a los tres en internacionales. El equipo, por su parte, se salvó en la última jornada después de que Pochettino lo cogiera decimoquinto y a tres puntos del descenso.

La confianza depositada por el entonces presidente de Los Saints, Nicola Cortese, era absoluta: «Pochettino es un entrenador muy respetado y con una reputación de ser un gran estratega y un excelente gestor. Tengo plena confianza que va a llevar a nuestro equipo a lo más alto posible». Pero ni siquiera él imaginaba un arranque tan espectacular en la siguiente temporada, la 2013/14, en la que el Southampton llegó a ser tercero en la jornada 11. Luchaban los Saints entre colosos mientras Pochettino seguía sacando jugadores de la chistera: Luke Shaw, Dejan Lovren, Nathan Clyne. Aquella temporada terminaría con el club de St. Mary en octava posición y con Pochettino como uno de los entrenadores más deseados de Inglaterra.

El gato al agua se lo llevó el Tottenham, que en el mes de mayo de 2014 anunciaba su contratación. Pochettino llegaba con un contrato por cinco años y con la misión de convertir al Tottenham de una vez por todas en un equipo competitivo, más allá de su exquisito gusto por el buen juego y los jugadores de clase. Regularidad y eficacia le exigió Daniel Levy, propietario de los Spurs, al técnico argentino y este se puso manos a la obra para incluir al equipo del norte de Londres entre el habitual Big-Four del fútbol inglés. To dare is to do (Atreverse es hacerlo) se puede leer en las instalaciones donde se entrena el Tottenham, también en el flamante nuevo estadio de los spurs, y Pochettino ha puesto hechos al eslogan para atreverse con todo en las Islas y fuera de ellas.

En cuatro de los cinco años que lleva en el banquillo de los Spurs se ha clasificado para la Champions, incluyendo un subcampeonato de la Premier League. En este tiempo ha revalorizado a su plantilla entregando las llaves del equipo a hombres de club como Harry Kane, Dele Alli o Rose. Demostrando nuevamente una lealtad sin fisuras para quien confió en él cuando los focos de la Champions no le deslumbraban, diciendo que no nuevamente a una oferta del Real Madrid, esta vez para ocupar su banquillo el verano pasado.

La apuesta se redobló esta temporada y también el ingenio después de que el club, atrapado en la construcción de su nuevo estadio y de su modernísima ciudad deportiva, no invirtiera ni un solo euro en fichajes. En invierno, incluso, el equipo se debilitó con la marcha a China de Moussa Dembelé. Ni siquiera eso, ni el rosario de lesiones y sanciones que han sufrido este año alteró el rictus sonriente de Pochettino, un hombre curtido en la adversidad, experto a la hora de adaptarse a las circunstancias.

Solo así, con una capacidad de resiliencia a base de bombas y una lectura de partidos formidable, puede entenderse la clasificación del Tottenham para su primera final de Champions. Un nuevo hito de Poche, territorio desconocido tanto para el club como para él, movidos ambos por una pasión que no conoce límites y que derramó lágrimas de incredulidad sobre el Johan Cruyff Arena cuando se culminó de manera agonística la machada. Tras aquello fue el propio técnico argentino quien reveló la receta del triunfo: «Hemos hablado de la pasión, de que las cosas hay que buscarlas, de que hay que creerlas, de que hay que trabajar con pasión y con amor para lograrlas». El discurso vale para remontar un 2-0, para alcanzar una final de Champions y para salir a comerse el mundo cada día.  Así se ha instalado Pochettino en la cúspide del fútbol.

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