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Los impostores

Lo confieso: a veces me siento una impostora. Me explico: no es que no tenga conocimientos futbolísticos, que los tengo, sino que no vivo la profesión de la misma manera que muchos de mis colegas y me da por comerme el coco y pensar que tengo un problema, que me falta pasión, nervio, que así no, coño. Luego se me pasa enseguida cuando me doy cuenta que no es que no me sepa la alineación del 2-6 en el Bernabéu, de la Séptima del Real Madrid o de la Decimosegunda, es que me tengo que devanar los sesos para recordar lo que cené antes de ayer.

Es una cuestión de memoria, de prioridades, y después de ver la maravillosa película de Pixar Inside Out me reafirmé en la idea de que mi cerebro no almacena información que no considera imprescindible. Por eso no me acuerdo de cuál fue el resultado de un partido o los goleadores una semana después, pero puedo recitar qué llevaba puesto cuando nos dimos el primer beso o cómo era la manta en la que envolví a la gata cuando la llevé a sacrificar, aunque no sepa qué día fue. Reconozco también que ayer me tiré un rato cavilando qué gol que Marca no le dio a Messi me trajo por la calle de la amargura una temporada, aunque recordaba cada tarde-noche de agobio y los mensajes que le enviaba, con más o menos gracia, a quien no contabilizó el gol a Messi, que no era Marca así como ente abstracto, sino mi compañero y amigo José Luis Hurtado Hurti.

De repente caí: ¡Amorebieta! Y lo busqué en Google, que es donde acabo siempre por culpa de mi desmemoria. Fue en diciembre del 2012 en un Barça-Ahtletic, yo trabajaba todavía en Marca y Hurti era el encargado de la crónica de manera puntual porque el habitual no podía hacerlo y no me acuerdo de la razón (de nuevo paso de los detalles poco importantes). Hurti con buen criterio le dio el gol a Amorebieta en lugar de a Messi. Y, claro, se armó la marimorena. No porque hubiera una conspiración en la sombra en contra del argentino para que a la mínima duda… ¡pam!, le birlaran un tanto, sino porque al tal Messi le quedaban por batir todos los récords habidos y por haber y servidora sudaba la gota gorda cada vez que se acercaba uno de ellos. ¿Por ejemplo? Esa misma temporada en marzo en un partido ante el Granada podía batir a César como máximo goleador azulgrana. Claro que para todo el mundo faltaba un gol y para el medio en el que yo escribía, dos.

La cuenta atrás también se me hizo bola. Cuando le restaban cinco goles (seis), uno (dos), o igualaba a César (pero no para Marca). Y la noche en cuestión cuando Messi marcó, los videomarcadores del Camp Nou se iluminaron con la cifra de 233 y la grada lo festejaba, servidora rezaba para que marcara otro y tener la fiesta en paz, al tiempo que envié un mensaje a Hurti acordándome, cariñosamente, de sus ancestros. Leo -a esas alturas ya le tuteaba como si fuésemos amigotes- no sólo escuchó mis oraciones, sino que marcó un triplete y mi suspiro de alivio duró lo que tardé en caerme del guindo: «¡Dios mío! Esto me va a seguir pasando cada vez que se acerque a una cifra redonda o a un récord».

No me marché de Marca por este motivo -aunque ahora que lo pienso cualquier tribunal me habría dado la razón-, así que he asistido a la nueva polémica por el gol de Messi que el diario le apuntó a Víctor Sánchez como quien va a un espectáculo: con ganas de entretenerme. La pega es que he presenciado a colegas, soldados rasos como yo, clamar al cielo ante el contubernio del periódico de Madrid y dando por hecho que existía mala intención y no la simple y llana apreciación del que escribía la crónica. Y que cuando el diario rectificó ayer no les terminó de parecer suficiente porque mucho me temo que todo lo que no sea el paseo de la vergüenza en plan Cersei Lannister en Juego de Tronos es una mierda.

En fin. Que reunida conmigo misma he llegado a la conclusión de que con la que está cayendo en la profesión aquí la rara no soy yo. Que me la refanfinfle si es gol de Messi o de Víctor Sánchez no es una tara mía. Los talibanes de las estadísticas, los amantes de las conspiraciones y los ilusos que pretenden guardar el mar en una botella quedan retratados. Porque Messi seguirá marcando goles hasta que él quiera y nosotros estamos simplemente para contarlo mientras podamos y las bufandas atadas al cuello nos permitan regar el cerebro con el necesario suministro de oxígeno. Mientras tanto, podríamos probar a dejar de ser unos impostores.

Gemma Herrero
Gemma Herrero
Periodista. Feminista. No me toques las palmas que me conozco. Optimista por obligación, sigo pensando que me tocará el Euromillón. 25 años de profesión. Empecé en Marca cubriendo el Madrid con Mendoza y me vine a Barcelona con el Barça de Laporta. He vivido más Copas de Europa que Gento. Y qué bien me lo paso aunque no haya visto nadar a Phelps o correr a Bolt en vivo y en directo. Canto fatal, pero no me rindo. Porque el que canta, su mal espanta.
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