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Sara Hurtado: «En el deporte español hacemos malabares con lo que tenemos»

Sara Hurtado (Madrid, 1992) ya es historia del patinaje artístico español. Junto a su pareja de baile, Kirill Khalyavin, ha logrado incluir la bandera de España por primera vez en un podio del circuito ISU Grand Prix, el de mayor nivel en el mundo. Ambos lograron una histórica plata el pasado 17 de noviembre en la Rostelecom Cup de Moscú. Histórica porque nunca antes un tándem español había logrado rascar metal en un evento de esta categoría. Sí había logrado en categoría individual Javier Fernández.

Sara descuelga el teléfono desde Moscú. Acaba de entrenarse. El nombre del patinador madrileño, que anunció su retirada de las pistas recientemente, surge rápidamente en la conversación. “Creo que Javi va a pasar a disfrutar del patinaje de otra manera. Ya no sólo compitiendo, que nos ha dado muchas alegrías. Así que nadie esté triste porque seguro que vamos a volver a verle en el hielo haciendo de las suyas. Creo que tenemos Javi para rato. Es más bien un hasta pronto. Él es un amigo, un compañero de batallas y el estandarte del patinete sobre hielo en España. Es un pequeño héroe para todos nosotros por todo lo que ha logrado. Nos ha abierto los ojos e hizo creer que no hacía falta venir de un país superpotente en este deporte. Si de verdad persigues un sueño y trabajas a diario por él, lo puedes conseguir. Muchos de nosotros nos habríamos dado por vencidos, por ejemplo, por abandonar nuestros hogares. Javi es la demostración de que que todo esfuerzo y sacrifico, antes o después, tiene su recompensa”.

A Sara Hurtado se le despertó la pasión por el patinaje a los ocho años. “Mi madre nos apuntó a mi hermano y a mí a patinar a la pista de hielo de Majadahonda (Madrid) como si fuera una actividad extraescolar más. Éramos unos niños muy activos. Yo iba a baile después del colegio, jugábamos al tenis y ya habíamos probado el patinaje sobre hielo antes. Nos gustaba mucho, así que mi madre nos apuntó a clases. Era el mejor momento de la semana y ha acabado convirtiéndose en mi forma de vida. Me encantaba el arte y con el patinaje artístico todas mis inquietudes se juntaron en un mismo deporte. Encontré aquello que encendía un fuego dentro de mí”.

En tiempos donde cada vez más padres presionan a sus hijos desde bien niños para que destaquen por encima del resto, no importa la disciplina, Sara cree que una parte importante de su éxito se debe a que nunca recibió “ningún tipo de presión para llegar a lo máximo; ni de mis padres, ni propia”. Si a los ocho años había empezado, a los once ya competía internacionalmente. Ella lo define como un proceso natural. “Casi sin darme cuenta empecé a priorizar los días de entrenamiento antes que hacer planes con mi familia o amigos. Comencé en individual, que era la única disciplina que existía en España en ese momento”.

“Yo no dejé de estudiar. Sabía que la vida de un deportista es algo muy efímero. Igual una mañana te despiertas con un dolor terrible y todo se acaba. Mi foco siempre estuvo en disfrutar. Iba mejorando y compitiendo en torneos cada vez más importantes, pero la idea desde el principio siempre fue la de disfrutar como en cualquier otro juego”. Mejorando poco a poco y disfrutando del camino de la forma más natural posible, cumplida la mayoría de edad, le llegó la oportunidad de marcharse a Londres para continuar allí su carrera profesional. “A nuestro entrenador en Madrid, que era británico, le hicieron una oferta y nos fuimos con él. Luego allí vimos que las condiciones para entrenar no eran las mejores.”

Aunque esta experiencia de cuatro meses en Inglaterra no fue como en principio se hubiese imaginado, le sirvió para darse cuenta de que “esto iba en serio”. Tenía 19 años y estaba decidida a dedicarse profesionalmente al patinaje artístico. Para ello, no le importaba tener que abandonar el nido por segunda vez. Su nuevo destino fue Canadá. Allí se marchó con Adrià Díaz, su pareja de baile desde los 16 años. Buscaba la profesionalización que en Londres no había encontrado y, entre ceja y ceja, tenía un objetivo marcado: unos Juegos Olímpicos. “Ya no era ningún juego. El compromiso debía de ser del 200%. Teníamos ese sueño. Buscábamos las mejores condiciones porque sólo los mejores del mundo llegan a unos Juegos”.

En 2014, Sara y Adrià debutaron olímpicamente en los Juegos de Invierno de Sochi. El sueño por el que llevaban peleando durante tanto tiempo se hizo realidad. Todo el sufrimiento cobró sentido. “Fue un sueño. Además, pudimos vivirlo con gente muy cercana a nosotros como Javi Fernández, que fue el abanderado, o Javi Raya. Cuando yo empecé a entrenar en Majadahonda, ellos ya estaban allí. Mis entrenadores también fueron. Cumplí un sueño junto a la gente con la que crecí y con los que me imaginé de pequeña cómo sería competir en unos Juegos”.

Sara corrió desde niña una carrera de fondo para llegar a unos Juegos Olímpicos. Una vez superada la línea de meta, se hizo una pregunta: ¿Y ahora qué? Pensó en dejarlo, ya había logrado su objetivo y su relación con Adriá se había estancado. “Parte de mí estaba enfocada a una vida postdeportiva. Estaba satisfecha con hasta donde había llegado. Esa experiencia ya me valía para toda la vida. Ya no notaba esa satisfacción personal del día a día. Me notaba también estancada a nivel emocional. Mi vida había cambiado y, a nivel de resultados, sinceramente, que me quitasen lo bailao«, confiesa entre risas. Tenía claro que, si regresaba a las pistas, sería para mejorar lo anterior. “Sabía que iba a ser difícil volver. Tenía que encontrar una nueva pareja de un nivel potente. Además debía de ser chico, que es mucho más complicado porque hay bastantes más chicas. También tenía que estar dispuesto a cambiarse de pasaporte. Lo veía casi como una ficción”.

Un día, cuando menos se lo esperaba, Sara recibió un mensaje en su Facebook. De Moscú, concretamente. La ficción se hizo realidad. “Estaba trabajando para la final de los Grand Prix de Barcelona y recibí un mensaje de Kirill Khalyavin. Ya nos conocíamos de competiciones anteriores. Llevábamos compitiendo el uno contra el otro prácticamente desde junior. Quería hablar conmigo para ver cómo me iba a plantear este nuevo capítulo en mi vida. Me contó que su pareja había sufrido una lesión muy complicada y lo quería dejar. Él tenía la motivación y la fuerza para seguir adelante y decidimos hacer una prueba. Fue difícil porque teníamos que cuadrar calendarios, tener el apoyo de la Federación, el visado… Al final la prueba fue muy bien, lo que no me esperaba para nada.”

La decisión estaba tomada: Sara volvió a marcharse de casa. Esta vez a Moscú. “Era adentrarse en lo desconocido, pero, en cierta manera, era lo que buscaba. No quería repetir mi carrera con Adrià porque eso es algo único e irrepetible que guardo en lo más profundo de mi corazón. Buscaba cambiar por completo. Por mucho vértigo y miedo que me diese; si no hubiese sido así, no lo hubiera hecho”.

Al preguntarle por su flamante plata, Sara no puede evitar echar la vista atrás. “Hace unos años estaba detrás de las vallas alucinando con Javi. Ahora las tornas han cambiado y soy yo la que se está subiendo a los podios y viendo cómo se eleva la bandera de España entre la rusa y la estadounidense. Fue un golpe de tremenda ilusión. Me sentí reafirmada como deportista. Fue una inyección de motivación. El saber que las cosas con Kirill se están haciendo bien es una motivación muy grande”. El nuevo compañero de Sara, con quien se comunica en una mezcla de español, ruso e inglés, es un patinador muy diferente a Adrià. “Es muy gracioso. Para ser de culturas tan distintas nos entendamos tan bien, nos compensamos el uno al otro. Él es un chico muy leal, humilde y trabajador. Lo que nos une al final es tener la misma meta. Sabemos lo que queremos y que el día a día cuenta más que la competición. La comunicación es muy fluida. El idioma dentro del hielo es el movimiento. Allí es donde sabes lo que sientes y lo que no”.

Sara dice estar feliz en Moscú, aunque no todo es de color rosa en la capital rusa. “El invierno es el invierno y las horas de luz son las que son. Empiezo los entrenamientos a las 9:30 con ballet o elevaciones como calentamiento. Hacemos una hora de eso. Luego un poco de estiramientos y ya entramos al hielo sobre las 11:00. Estamos hasta las 12:45 como primera sesión y después tomamos un pequeño descanso. Lo retomamos a las 14:00, ya hasta las 16:30. En total haremos como unas cuatro horas de hielo mínimo. También tenemos tres días a la semana de físico por las tardes y aparte solemos hacer bailes de salón. Son días bastantes completos. Este es un deporte para el que se necesita mucho soporte de fuera, más allá de la propia técnica: baile, expresión, flexibilidad… Hay muchas cosas que desarrollar”.

El estado del patinaje artístico en España puede resumirse en que cuando Sara, deportista olímpica, se retire, ni mucho menos va a tener la vida solucionada. Desgraciadamente, será todo lo contrario. “Es parte del riesgo que tengo en cuenta. Hay una gran diferencia entre los países donde tienen tradición los deportes de invierno y el resto. En Italia, por ejemplo, tienen un programa mediante el cual en el momento en el que te conviertes en olímpico pasas a ser funcionario de la policía penitenciaria si haces un curso de un par de meses. Esto se hace para que los deportistas puedan labrarse un futuro, cotizar, tener un pequeño sueldo al mes. Te hacen parte del país. Además, es un ejemplo de un país muy cercano a España. Aquí es todo mucho más difícil. Hemos empezado a cotizar este año y el proyecto todavía está diseñándose. Los deportistas aún no lo tenemos muy claro, aunque las cifras son un poco ridículas en comparación con los trabajos del resto de mis amigos”.

Escuchando las palabras de Sara, es inevitable no preguntarle si siente frustración. “Sí, es muy frustrante. Es una lucha que me supera. Me encantaría vivir un cambio mientras siga compitiendo, pero para luchar por los derechos de todos estos deportistas necesitas una entrega y un tiempo que alguien en activo no dispone. Yo confío en que el CSD y las federaciones trabajen en programas para que, aunque no sea esta, las próximas generaciones se puedan beneficiar. Bastaría con tener un poco de seguridad en nuestras vidas para que nuestros resultados se multiplicasen. El deporte español tiene un potencial increíble y estamos todos haciendo malabares con lo poco que tenemos”.

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