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2018, el año que define al Real Madrid

Es la ansiedad, no es la exigencia. Cualquier club del mundo daría por bueno el año que ganó la Champions y sin embargo al Real Madrid la alegría no le duró un mes: en ese tiempo perdió a su mejor jugador y al entrenador del equipo. Quien siga pensando que Cristiano se fue porque le pagaban más en Turín y Zidane porque estaba cansado de entrenar se conforma con las explicaciones demasiado sencillas. Luego volveremos a ello. Doy por hecho que ganar el torneo trece veces, las tres últimas de forma consecutiva, ha tenido un efecto saciante. Todo cansa, incluso lo mejor. Levantar la vieja Copa de Europa fue durante años el primer objetivo del club, por encima de cualquier otro desafío. Valga un dato: el doblete conseguido por Zidane fue el tercero en la historia, tras los logrados en 1957 y 1958, lo que demuestra una despreocupación histórica por los premios dobles. Nadie ponía en duda lo esencial: el prestigio estaba en Europa. Ahora han cambiado los sueños. He escuchado recientemente que al club le haría verdadera ilusión ganar Liga y Copa del Rey, los mismos títulos que no alivian al Barça cuando el Madrid gana la Champions. Curioso. Debe ser verdad que los extremos se tocan.

En el fondo, es el propio Real Madrid quien no se da tregua. No hubo paciencia con Lopetegui porque la paciencia, hasta en el mínimo grado, se considera un síntoma de debilidad. No hubo paciencia para anunciar su fichaje después del Mundial ni la hubo luego cuando se atascó el equipo. Más allá de los resultados, e incluso antes de que fueran inequívocamente malos, Lopetegui cometió otros pecados que le condenaron. No tuvo con Vinicius las atenciones que se esperaban y es probable que tampoco gustara su consideración hacia Keylor Navas, el portero de la Champions hasta su destitución. Ahora se dirá también que no supo entender a Marcos Llorente.

El problema es que los entrenadores llegan condenados de antemano. Zidane no se liberó nunca del reproche hacia sus presuntas incapacidades estratégicas. Ese asunto fue una objeción perpetua que ni el éxito aplacó. El mencionado doblete de la temporada 16-17 no le concedió ni siquiera una vida extra. Al año siguiente, se consideró intolerable que el Madrid se descolgara tan pronto en la Liga. Apuesto a que tampoco agradó que señalara a Bale como pieza sobrante.

Es imposible acertar. A los entrenadores educados se los toma por blandos y consentidores. Los entrenadores de perfil medio no son respetados y los técnicos más rígidos como Antonio Conte lo parecen demasiado. Mourinho es la única excepción y la única explicación es que alguien tiene una pulsión masoquista. Todavía se piensa, después del estropicio que causó (una división histórica entre el madridismo), que es el único entrenador con personalidad suficiente como para mantener a raya a la prensa y a los jugadores. Su fantasma sobrevolará el Bernabéu en cada tormenta.

Solari, de momento, aplica las teorías más básicas de supervivencia: agradar al presidente y no molestar a los jugadores. Lo único que no encaja en su papel conciliador es su enfrentamiento con Isco, salvo que el traspaso del malagueño sea clave para afrontar futuras operaciones.

Lo que subyace es un menosprecio hacia todos los ámbitos de la actividad futbolística. Empezó con los entrenadores y se extendió a los jugadores, siempre vigente con los periodistas. Lo que más atraía de Antonio Conte era contrarrestar el poder de Sergio Ramos en el vestuario. Y qué decir de Cristiano. Se cuenta, y no lo dudo, que Ronaldo pretendía que el Real Madrid se hiciera cargo de sus deudas con Hacienda. Y es hasta posible que reclamara un nuevo aumento salarial. ¿Pero no habría dado el Barcelona eso y más de haberlo solicitado Messi?

El caso de Zidane es una representación de la psique del club. Todo cansa y cada vez cansa antes. Hasta lo mejor. Ningún entrenador consiguió tanto en tan poco tiempo, y al nivel de los títulos coloco su habilidad para sacar brillo a la imagen del club en cada comparecencia pública. Mientras Luis Enrique empañaba con su aspereza la angelical estampa del Barça, Zidane ganaba una batalla que también había que vencer. Ser el bueno de la película, o aspirar a serlo, es algo más que una anécdota. Fija un rumbo.

El año 2018 pasará a la historia del Real Madrid porque concentró todas sus fortalezas y debilidades en apenas seis meses. Por un lado, el equipo alzó la Champions de nuevo después de estar varias veces muerto. Lo estuvo contra el PSG en el Bernabéu y contra la Juventus también en campo propio. En ambos casos demostró que hay algo diferente en el tuétano de ese escudo, algo parecido a una convicción contagiosa. Por otro lado, y recién tocado el cielo, se activó el protocolo de autodestrucción, un instinto que estuvo históricamente asociado al Barcelona.

Tengo para mí que lo que resta de temporada servirá para que Solari complete la transición que no se permitió a Lopetegui. Supongo que en este tiempo se intentará cerrar la contratación de un entrenador, Klopp o Pochettino, y si los tiros fallan siempre estará Mourinho en la recámara. Es fácil que el equipo gane un título, más probable la Copa que la Champions, porque el talento se impone incluso en los momentos más turbulentos. El previsible traspaso de Bale, y quién sabe si también la venta de Isco, proporcionarán los recursos necesarios para afrontar algún fichaje de tronío, y en este sentido entiendo que Neymar es el objetivo más codiciado y Hazard el más próximo.

Cambiarán las caras porque las presentaciones se disfrutan casi tanto como los títulos, pero la ansiedad persistirá. Es un gesto repetido durante estas fechas entre los niños que son víctimas de la abundancia. Su diversión es abrir regalos, no jugar. En casos semejantes, los especialistas recomiendan prescindir de lo accesorio y volver al balón. O crecer.

Juanma Trueba
Juanma Trueba
Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS hasta que le tiraron del tren. Luego se lanzó a una aventura a la que puso por nombre A la Contra. Y en ella sigue.
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