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2018 y las enseñanzas del deporte

Si a estas alturas estás cansado de las listas de fin de año, bienvenido a tu oasis. Porque aquí no encontrarás enumeraciones ni rankings, tampoco recomendaciones. Solo recuerdos olvidados, postales sin revelar o en el mejor de los casos traspapelados en algún cajón de la casa veraniega. Son esos lugares que la actualidad dejó en claroscuros los que abordamos aquí, los que rellenaron la página 57 del periódico y no alcanzaron nunca la primera plana. Los que fueron insuficientes para el morbo de la televisión siempre más pendiente de vender éxito o drama, sin espacio para las medias tintas. Por eso este es un recuerdo a esas derrotas comunes, historias desmaquilladas de grandeza y romanticismo, propias de nuestro día a día. Hubo bastantes de esas en 2018 y solo era cuestión de ajustar el foco y rescatarlas. Este es un recuerdo diferente del año deportivo que se nos va, una mirada a la contra, paradójicamente lo mejor que nos pasó este año.

La primera instantánea mezcla la política y el deporte, dos viejos conocidos que llevan más de un siglo haciéndose carantoñas. La relación entre Corea del Norte y del Sur está llena de altibajos, aunque en los últimos años la tensión (sexual no resuelta) había crecido sin límites. No solo dormían en camas separadas por una frontera, sino que se tiraban los trastos a la cabeza, algunos de ellos nucleares. Pero el espíritu olímpico invadió los dos extremos de la península coreana ante la celebración en Pyeonchang (Corea del Sur) de los juegos de invierno en febrero de 2018. Como si de una reconciliación ante los ojos del mundo se tratara ambas delegaciones desfilaron y compitieron bajo una misma bandera, como una sola Corea. La foto histórica, con el deporte como mejor aliado, se saldó con 17 medallas, cinco de ellas de oro para la expedición. Tras siete décadas de distanciamiento el deshielo entre ambos países se reactivó debido a la cita olímpica y durante este año los avances han sido lentos, pero seguros.

Las caídas también han vuelto a formar parte de nuestro día a día. Pocos deportes tan dado a ello como el ciclismo, ninguno con la misma épica. Ahí, la carrera más dura por etapas que existe, el Tour de Francia, nos volvió a dejar un buen puñado de ejemplos. Fue una edición bastante accidentada si recordamos el codazo de Moscón a Gesbert, el aficionado que intentó tirar a Froome o los que sí lo consiguieron con Nibali, ambos en las rampas de Alpe D’Huez. Aunque la escena más dantesca se vivió en el descenso del Portet d’Aspet, en el corazón de los Pirineos. Por allí descendía a toda velocidad Phillipe Gilbert escapado cuando trazó mal una curva, chocó contra un pequeño muro y salió despedido. La caída terminó en un barranco del que a usted y a mí nos hubiera costado horas, quizá días, levantarnos. Él lo hizo al instante, se palpó y se notó entero. No había motivos para no volver a subirse a la bici. Y eso hizo. La caída salió en todos los informativos y se viralizó en las redes sociales. Pocos informaron después de que el belga había corrido los últimos 60 kilómetros de etapa con la rótula izquierda rota. Pundonor en belga se dice Gilbert.

2018 será recordado con el paso del tiempo por sus reivindicaciones sociales. Protestas, manifestaciones, denuncias, altercados y campañas virales que rememoraron el espíritu del 68. Como entonces la repercusión fue global y ha tenido en el movimiento feminista a uno de sus principales activos. El deporte no ha vivido al margen de ese caldo de cultivo que bullía en la sociedad y, gracias en gran parte a la figura de Serena Williams, el tenis femenino es hoy un poco más justo. La estadounidense volvió a las pistas en marzo de este año, tras abandonar el tenis momentáneamente por su embarazo. Cuando volvió a empuñar una raqueta era la 491 del mundo. Antes de ser madre encabezaba el ranking WTA.

Perder puestos en la clasificación mundial le obligaba a enfrentarse a las mejores tenistas del mundo en las primeras rondas de los torneos, obviando todo lo conseguido anteriormente y, sobre todo, su derecho a ser madre sin que ello tuviera un peaje deportivo. Serena se quejó y no fue hasta hace una semanas cuando la WTA, ya con la competición concluida, reaccionó. La nueva medida protegerá a todas las tenistas que vuelvan al circuito después de un embarazo o una lesión de larga duración. Así, mantendrán su ranking para competir en hasta 12 torneos durante los siguientes tres años. Eso evitará también enfrentarse a las mejores raquetas del circuito en las primeras rondas. La medida ya había sido defendida por tenistas como Simona Halep o María Sharapova, pero ha sido otra ex número uno como Serena quien ha impuesto su derecha ganadora con un punto que va más allá de las pistas.

La redención a través del deporte ha conocido nuevos capítulos este año. Una colección de segundas oportunidades que representa como pocos Robert Swift. Su historia la contaron como suelen los compañeros de Informe Robinson. Y por eso aquí desviamos el tiro hacia otro lado, concretamente hacia el green de golf, en el que volvió a aparecer un tigre. Su zarpazo resonó con fuerza en un hoyo 18 cinco años después. Tiger Woods volvía a ganar un torneo de golf (Tour Championship) después de una de las mayores caídas a los infiernos que se recuerdan abandonado a sus excesos, repudiado por su familia y sus patrocinadores. La emoción brotaba de sus ojos al recuperar sensaciones que parecían olvidadas. Los aficionados se frotaban los suyos a solo una semana del inicio de la Ryder Cup.

La cita tuvo lugar en el versallesco Golf National de París y allí se presentó Woods como guía inesperado del equipo norteamericano, favoritos en un torneo que el californiano solo había alzado una vez (1999). El Tigre perdió los cuatro partidos que disputó, uno de ellos ante Jon Rahm, más que en todas sus participaciones anteriores (3). Europa reconquistó la Ryder por un contundente 17,5–10,5 y las cámaras se centraron más en Molinari, héroe de la competición, o en Sergio García, hombre récord por haber conseguido más puntos que nadie en la Ryder, que en un Tigre que se lamía sus heridas. “Es decepcionante, soy uno de los factores que ha contribuido a perder la copa”, diría luego Woods, afectado por una nueva decepción, pero consciente también a sus 42 años y con más de 123 trofeos a su espalda que el golf volverá a ofrecerle una revancha. Esa lección de vida la aprendió hace tiempo.

De opiniones huecas y filosofía barata suele estar repleto el fútbol y sobre todo el extrarradio que crece a su alrededor. Son lugares fáciles de identificar, están lejos del juego y los vecinos hablan desde un púlpito. Unos y otros agotamos los adjetivos y las hipérboles, los calificativos y las opiniones ante una final que era un sueño (imposible) para muchos. Esa final de la Copa Libertadores despertó pasiones y miedos a raudales. También alentó odios latentes de una sociedad, la argentina, que perfilamos a base de tópicos y criticamos según nos caiga la pelota, habitualmente a bote pronto por lo que nuestras opiniones salen lejos del arco, desviadas, sin opciones reales de terminar en gol. Por eso cuando el autobús de Boca fue apedreado a su llegada a la cancha de River y se suspendió el partido el discurso estaba redactado de antemano. La pasión mutó en violencia, los papelitos en piedras y los paraguas se convirtieron en armas arrojadizas. Ese fútbol añejo, visceral e incontrolable con el que fantaseamos se volvió de repente odioso. Nuestra mirada era ya otra.

Cargamos entonces las tintas sobre los problemas que acucian a la sociedad argentina, su educación, sus medidas de seguridad o la connivencia entre las fuerzas del orden y las barras bravas. Por si fuera poco les arrebatamos su fiesta y nos la trajimos a Europa, al mundo civilizado, como respuesta inmediata a un problema cuya solución es más compleja. Un problema que fue tratado en esos días de noviembre como lejano y prácticamente anacrónico para el fútbol europeo por más que hace ocho meses los aledaños Anfield no tuvieran nada que envidiarle a los del Monumental. Aquella tarde de primeros de abril, entre cánticos de You’ll never walk alone y humo de bengalas volaron botellas y botes de todo tipo hacia el autobús del Manchester City. Eran las horas previas a unos cuartos de final de la Champions League y solo los cristales blindados marcaron la diferencia entre Europa y América del Sur. Ni rastro del civismo y los golpes en el pecho de los que meses después alardeamos. Un ejemplo más de cómo interpretamos la partitura del Show must go on a nuestro aire.

Un año siempre nos depara ausencias, despedidas, capítulos de nuestra vida por cerrar. Si la retirada de Fernando Alonso de la Fórmula 1 acaparó todos los focos hubo otras igual de trascendentes que pasaron más desapercibidas. Pienso ahora en Javier Fernández, pionero como el asturiano pero en un deporte mucho más minoritario no solo en España, sino a nivel mundial, el patinaje artístico. El bicampeón del mundo (2015 y 2016) y séxtuple de Europa (2012-2018) anunció a sus 27 años que lo deja, que “mi mente y mi cuerpo ya no llegan”. La medalla de bronce en los JJOO de Pyeongchang y ser abandero en esa cita olímpica parecían el mejor colofón a su carrera, pero Súper Javi ha dejado deberes para el 2019. Quiere conseguir su séptimo titulo continental en Bielorrusia dentro de unos días. Ese será su adiós definitivo a la competición, pero no a los patines. El madrileño seguirá deleitándonos con los triples axel y sus inconfundibles puestas en escena en exhibiciones de patinaje que son el mejor spot de publicidad para las nuevas generaciones. Ni ellas ni nosotros le agradeceremos suficiente que haya descubierto a todo un país que el hielo no solo sirve para refrigerar las copas.

Así que utilicen estas para brindar, ya sea con hielo o sin él, por un 2019 repleto de momentos deportivos que recordar, al margen del resultado, más allá de ganadores y vencidos. Al final todo depende de las enseñanzas que uno quiera extraer de las pequeñas victorias y derrotas que nos depare el día a día en el deporte… y en la vida. ¡Feliz 2019!

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