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Carlos de San Antonio: «Invertí mis ahorros en jugarme la vida»

Seguimos en el taller de Vallecas, en la calle Monte Olivetti, donde Carlos de San Antonio, a los 68 años, recuerda que «te jugabas la vida en cada Gran Premio». «En las curvas yo llegaba a tocar con las rodillas en el suelo. Terminaba sangrando porque entonces los monos no venían tan preparados como ahora». Pero eso era otra época, en los maravillosos años setenta, en los que la industria de este hombre era su valentía. La sensación de que podía llegar con la moto a cualquier parte. Hasta a Venezuela, donde entonces se disputaba un Gran Premio. «Y no me costó ni nada meter la moto en el avión. Tuvimos que encontrar una caja de madera», explica hoy, incapaz de arrepentirse de nada. Ni siquiera de aquella vez, en Austria, a 220 km/h, cuando se cayó y el parte de guerra dio un miedo terrible. Se rompió «la tibia, el peroné, la clavícula y el omóplato del brazo izquierdo».

Salió de allí hecho un cromo, una metáfora que quizás podría expresar lo que pasa hoy en este taller de Vallecas que parece la casa de los espíritus. Una fotografía en la que, pese a todo, el pasado merece un aplauso, pero no porque fuese un éxito o un fracaso, sino porque él consiguió hacer lo que le gustaba. No hay tanta gente que pueda decir esto. Ni tampoco la había en los años setenta en los que Carlos de San Antonio hizo cuatro Mundiales de 500cc. «Pero yo no tenía la sensación de que me jugase la vida. Yo lo veía como mi época dorada. Sabía que nunca me iba a pasar nada mejor. Y, si acaso, puedo decir que invertí lo que no tenía en jugarme la vida, en comprarme esa moto que me permitió estar ahí, contar hoy todas estas cosas, enseñar estos recortes de periódico. Pero cada uno estamos llamados para una cosa distinta en la vida».

Carlos de San Antonio.
Carlos de San Antonio muestra una imagen de cuando corría en motos.

«Yo recuerdo que aprobaba con facilidad. Hice hasta sexto y reválida. Pero a mí no me gustaba estudiar, lo que no significaba que fuese a ser un fracasado el resto de mi vida», añade hoy, en un día en el que los recuerdos han despertado «como despiertan casi todos los días, en realidad. Me gusta recordar. Uno no puede olvidarse de lo que le hizo feliz. No debo hacerlo porque en mi caso me permitió conocer lo que quería hacer en la vida. Unos son felices escribiendo o presentando un telediario como yo lo fui compitiendo en moto, alcanzando esas velocidades, sintiendo esa adrenalina que me hacía tan competitivo». Por eso las tinieblas del taller hoy no obstaculizan nada. «Hace un año todavía podía montar en moto. Era tan maravilloso… Es más, fui al circuito del Jarama y allí volví a encontrar mi sitio, a correr, a apretar el pie. Pero luego vino el cáncer, las 22 sesiones de quimioterapia y ese tumor que me ha tocado el nervio ciático y que me ha dejado sin fuerza en la pierna derecha y difícilmente puedo caminar».

«Pero es lo que hay», admite Carlos de San Antonio, que no pide que «la gente sienta pena» por él, aunque entrar en este taller, indudablemente, signifique pena. El estado de las cosas, ese Seat 131, otro símbolo de los años setenta, que Carlos de San Antonio está reparando y que está invadido de polvo… Cualquiera le pone la mano. Pero todo eso es lo que marca el día de hoy de este hombre que admite que fue «un elemento difícil. No era fácil convivir conmigo. Era muy guerrero, muy de fiesta, y eso que tuve tres hijos. Pero en la gente siempre hay cosas buenas y malas. No todo es tan fácil como hacer la puesta a punto de una moto. Pero entonces lo importante es aceptar lo que uno hizo, reconocer que podías haber sido mejor y ahora ayudar en lo que uno pueda a mis tres hijos. Su vida ya es más importante que la mía. Yo ya hice lo más importante».

Carlos de San Antonio.

Quizás porque así es el tiempo, el único que no se para ante nadie. El único que no dice sí a todo. Pero esto es parte de los recuerdos como el Tribunal Médico que no hace mucho le dio la incapacidad permanente, como el día en que acompañó a Ángel Nieto a comprarse el terreno de su futura casa en Montepríncipe o como todas esas Vueltas Ciclistas a España que hizo en el equipo de motoristas de José María García. «Al final, ni todo es bueno ni todo es malo. Recordar es poner en la balanza lo que pasó y allí sale de todo». Pero quizás la principal enseñanza que nos deja hoy Carlos de San Antonio en este decrépito taller de Vallecas es «la importancia de hacer lo que a uno le gusta en esta vida». Él lo hizo y lo que iba a pasar después nadie lo sabía, porque, como dejó dicho Woody Allen, el futuro tiene los ojos cerrados. Así que tal vez no haya nada de lo que arrepentirse. Ni siquiera hoy viendo las fotografías.

(Lee la 1ª parte)

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