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El legado del pionero

Hay una escena mítica en la película Bande à part, de Jean-Luc Godard, que sirve para que nos preguntemos: ¿qué es lo que se siente cuando alguien hace algo (histórico, trascendente, relevante, sustancial, apoteósico, original, atrevido) por primera vez? Se trata, evidentemente, de Odile, Franz y Arthur (los personajes interpretados por Anna Karina, Sami Frey y Claude Brasseur) corriendo por el Museo del Louvre para tratar de batir el récord de nueve minutos y cuarenta y cinco segundos de tiempo mínimo para recorrer todo el mastodóntico museo parisino que un norteamericano de San Francisco había establecido en una visita anterior. Ante el motivo de esa escena, las dudas son razonables y las preguntas surgen de forma instantánea. Primero, ¿qué se le pasó por la cabeza de repente a ese norteamericano de San Francisco para empezar a correr por el Museo del Louvre? Y, segundo, ¿qué sintió cuando estaba en la puerta de salida y descubrió que había recorrido todo el museo parisino en menos de diez minutos? ¿Éxtasis? ¿Júbilo? ¿Solemnidad? ¿Responsabilidad?

Dick Fosbury seguro que lo sabe.

Nacido el 6 de marzo de 1947 en Portland (Oregon), Richard Douglas Dick Fosbury era un joven de 21 años, 193 centímetros de altura y 83 kilógramos de peso el día que dejó de pertenecer a sí mismo y pasó a formar parte de la historia. ¿El motivo? La medalla de oro y el récord olímpico cosechado en la prueba de salto de altura de los Juegos Olímpicos de México 1968, pero, sobre todo, la manera de conseguirlo: un tercer intento limpio sobre un listón situado a 2.24 metros de altura con una técnica de salto totalmente novedosa. Su nombre: el Fosbury Flop (fue acuñado en 1964 por una fotografía que apareció publicada en el periódico Medford Mail-Tribune). Su ejecución: correr en diagonal hacia el listón, curvarse y saltar de espaldas sobre la barra. Su ventaja: tener el centro de gravedad más alto (y más cercano al listón) que el resto de las técnicas de salto.

Antes de la irrupción de aquel joven rubio estadounidense, tres técnicas dominaban la prueba del salto de altura, que había estado presente en el programa olímpico desde Atenas 1896, los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Se llamaban rodillo ventral, rodillo occidental y estilo tijera y las tres tenían factores en común: todas ellas se realizaban saltando hacia adelante y encogiendo las piernas en la ejecución del salto. Sin embargo, Fosbury decidió salirse del rebaño. La realidad, en cualquier caso, fue bastante menos poética que esa frase: el saltador estadounidense buscó una nueva técnica acuciado por la necesidad, debido a su pésima coordinación a la hora de realizar las tres técnicas de salto dominantes. De hecho, normalmente las decisiones de la vida son así: apremiantes más que líricas.

Estando en el instituto Medford High School, con 16 años, Dick Fosbury empezó a experimentar con el Fosbury Flop, la técnica que le llevó al olimpo de los dioses del atletismo (más que el laurel de un oro olímpico) y que fue mejorando durante años pese a la oposición de sus entrenadores, que preferían que saltara con las técnicas anteriores. Al final, tanto sus preparadores en el instituto como Berny Wagner, su entrenador en la Universidad de Oregon State, tuvieron que sucumbir ante la firmeza de aquel deportista y, especialmente, ante la evidencia de los resultados. El subcampeonato estatal de Oregon en el instituto con un salto de 1.96 metros de altura. El récord de la Universidad de Oregon State con un salto de 2.08 metros de altura en su segundo año universitario. Su primer título de la NCAA con un salto de 2.20 metros de altura. La década de los sesenta fue esa época de cambio con arena de playa bajo los adoquines en la que gente realista pidió lo imposible y al final nada cambió, salvo para Fosbury: las colchonetas de gomaespuma con casi un metro de altura reemplazaron a los fosos de astillas de madera en las pruebas de salto de altura de las pistas de atletismo para prevenir las posibles lesiones que el Fosbury Flop podía causar. Ni aun así él pudo evitar comprimirse dos vértebras de su columna mediada la década, ya que no todos los institutos podían permitirse comprar ese nuevo material de gomaespuma. On achète ton bonheur. Vole-le (“Compran tu felicidad. Róbala”), decían en Mayo del 68.

Aquel mes de mayo parisino del año 1968, el mismo año en el que, unos meses después, Fosbury se hizo eterno. Sucedió el 20 de octubre en el Estadio Olímpico Universitario de la Ciudad de México, un día después de que trece atletas se hubieran clasificado en las eliminatorias para la final de la prueba masculina de salto de altura. Entre ellos, el aragonés Luis María Garriga, que terminó undécimo con un mejor salto de 2.09 metros de altura. Más alto saltaron el soviético Valentin Gavrilov, bronce, y el estadounidense Ed Caruthers, plata. Más alto todavía saltó aquel joven de Oregón, con una desconocida técnica de salto que fue repudiada de inicio por su novedad y que terminó siendo aplaudida masivamente por su resultado. De entrada, nada crea mayor escepticismo que la innovación y la originalidad. Al final, nada crea mayor aceptación que el éxito.

Fosbury nunca más volvió a ser campeón olímpico: intentó clasificarse para las Olimpiadas de Múnich 1972, pero no lo logró. Desde aquel día, tampoco volvió a acercarse al récord mundial del soviético Valeri Brumel (2.28 metros, en 1963) que sintió tan lejos cuando lo intentó batir en México 68 (falló con claridad sus tres intentos sobre 2.29 metros). Fue un deportista breve escondido en la larga vida de una persona normal, la de un ingeniero civil asentado en Idaho, una de las mejores zonas de Estados Unidos para pasar totalmente desapercibido. Porque a él no le hicieron falta más victorias: su legado es y será inmenso. En las citadas Olimpiadas de Múnich 1972, 28 de los 40 saltadores de altura utilizaron su técnica, si bien, el destino es siempre caprichoso, la medalla de oro fue para el soviético Jüri Tarmak, que utilizó la técnica del rodillo ventral. En Moscú 1980, 13 de los 16 finalistas saltaron con la técnica del deportista norteamericano. Desde Múnich 1972 a Sydney 2000, 34 de los 36 medallistas olímpicos en salto de altura lograron sus medallas saltando con la técnica Fosbury Flop. Una técnica que, por cierto, pudo haberse llamado Brill Bend: al mismo tiempo que Fosbury estaba desarrollando su salto, Debbie Brill, una niña canadiense seis años menor que él, desarrolló simultáneamente una técnica similar que se conoció con ese nombre, Brill Bend. Ella acabaría siendo también olímpica, aunque nunca logró ganar ninguna medalla.

Aunque la medalla de oro, en realidad, tampoco fue nunca el legado de Fosbury: “El salto de espalda ya lo practicaba en el instituto y todos se reían de mí, algunos me consideraban un chiflado y otros un esnob por salirme de las normas conocidas. Hasta que gané en México 1968 y pasé a la categoría de héroe”, sentenció en una entrevista muchas décadas después el saltador de Portland. Su legado fue ser singular y extravagante, atreverse a desafiar (por necesidad) al orden establecido. Su legado fue el de convertirse en un pionero que abrió el camino a otros atletas para que pudieran saltar más alto y mejor que él. Javier Sotomayor. Patrick Sjöberg. Charles Austin. Ivan Ukhov. No en vano, Isabelle, Theo y Matthew (los personajes interpretados por Eva Green, Louis Garrel y Michael Pitt en la película The Dreamers, de Bernardo Bertolucci) también superaron en quince segundos el nuevo récord de correr por el Museo del Louvre que Odile, Franz y Arthur habían conseguido en Bande à part tras batir en dos segundos el tiempo de aquel estadounidense de San Francisco. Todo un pionero. Como Dick Fosbury.

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