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De cuando Don Quijote emigró a Rusia

El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, la novela caballeresca escrita entre 1605 y 1615 por Miguel de Cervantes, considerado entonces por los de su gremio un bicho raro, incluso un hipócrita, obtuvo un éxito inmediato en la fecha de su estreno y muy pronto se comenzaron a hacer traducciones a las principales lenguas del mundo. Pero el repentino triunfo editorial (se dice que después de la Biblia es el libro más editado en el planeta) no estuvo acompañado por un reconocimiento estrictamente literario. Sobre el Quijote, desde el inicio, siempre se han dicho medias verdades, al igual que sobre Cervantes, del que todavía se piensa que falleció un 23 de abril, cuando realmente ese día fue el de su entierro.

El Quijote, como los estudiantes universitarios españoles de hoy, perfectamente cualificados para encontrar trabajo en su país, tuvo que emigrar para que lo valoraran. Don Quijote y Sancho Panza partieron de La Mancha, con sus aventuras, en busca de una vida mejor en un lugar donde realmente fuesen comprendidos, en busca de aceptación. En España, durante los primeros años se leyó como la historia de un loco, se entendió como una obra cómica, una parodia de las típicas novelas de caballerías. Tal y como afirmó Miguel de Unamuno (autor de la generación del 98), fue en Alemania, Inglaterra y especialmente en Rusia donde las andanzas de este hidalgo y su escudero fueron, por primera vez, respaldadas, y en cierto modo admiradas, por el pensamiento crítico.

Es el Romanticismo europeo, la corriente artística del siglo XIX (por tanto, dos siglos después de la publicación del Quijote), quien contempla su verdadero valor. A partir de entonces, don Quijote no provoca la risa, es mucho más trascendental. Desde ese momento, su lectura es una invitación a reflexionar sobre la libertad individual y es considerado un símbolo de la esperanza frente a las adversidades personales.

Una conferencia de Iván Turguénev, publicada de forma póstuma en 1860 con el título Hamlet y don Quijote, marca un antes y un después en la concepción actual del libro. Para el escritor ruso, don Quijote no es únicamente un hombre arcaico y conservador, sino un héroe luchador y revolucionario, y un emblema de la fe, sin límites. Turguénev fue el primero de una larga lista. Una de las novelas más populares de Dostoyevski, admirador confeso de Cervantes, El idiota, tiene muchos paralelismos con el Quijote, para él, insuperable, el mejor libro jamás escrito. Incluso Aleksandr Puskhin, pionero de la literatura rusa moderna, confesó que aprendió español para poder leerlo. Pero también autores más recientes como Vladimir Nabokov, padre de Lolita, cayeron rendidos ante tal evidencia: “A día de hoy, el Quijote es aún más grande que cuando salió a la luz. Hemos dejado de reírnos de él. Su escudo de armas es la misericordia, su estandarte la belleza”.

Explican los expertos, en Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, que el libro de Cervantes era de obligado estudio en Rusia, también, por supuesto, durante el periodo soviético, cuando se convirtió en un signo de la lucha en minoría y a contracorriente por la libertad y la igualdad. Quizá por este mismo motivo desde la estepa fría ha habido tantas obras literarias, representaciones teatrales o reproducciones en el cine inspiradas en el mito, como la película dirigida por Grigori Kozintsev, Don Kikhot, presentada en el Festival de Cannes en 1957 (que llegó a España en 1966, siendo el primer film ruso estrenado en el país desde el final de la Guerra Civil).

Obviamente, después de todo, esta excelente visión romántica sobre el Quijote fue adoptada en España. Pero primero tuvo que huir y traspasar fronteras, pisar otros países, sin los cuales hoy su reconocimiento internacional como obra clásica de la literatura universal no sería posible. Lo ocurrido con el Quijote es una demostración de que la mala costumbre española de denostar el producto nacional no es de ahora, sino que viene de atrás, de siglos pasados. Al final, el ingenioso hidalgo cambió el mundo, como pretendía, aunque sin darnos cuenta, en el exilio, sin poder disfrutarlo. Ojalá llegue pronto el momento en el que sepamos reconocer a los genios lo que fueron en vida. No es una locura, ni utopía, sino justicia. Algún día este desapego nos saldrá más caro de lo que pensamos.

Marcos Martín Reboredo
Marcos Martín Reboredo
Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.
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