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Una Ryder para proteger un legado

Terminada la temporada 2017, el golf afronta un nuevo ejercicio de madurez. Por un lado, encontramos a golfistas que representan una nueva generación, hambrienta y decidida a marcar su época; por otro, más personal, España enfrenta un presente muy prometedor, liderados por Sergio García y Jon Rahm. En este serial repasaremos los principales hitos de 2018, un año en el que el golf se transformará en pura pasión.

(I) Spieth-Thomas, una rivalidad a la altura de la historia


Una Ryder para proteger un legado

Estados Unidos siempre ha ido a la Ryder Cup sabiendo que la iba a ganar. En realidad, creyéndolo. ¿Por qué esa pequeña modificación? Porque Europa ha sabido convertirse en un equipo ganador; precisamente, a raíz de la humillante superioridad americana en la competición. Porque Estados Unidos no sabía que podía perder. Hasta que apareció Severiano Ballesteros. El hombre que salvó la Ryder Cup.

Los años previos a la aparición del cántabro, la Ryder era un tormento. Los ingleses, derrotados una vez tras otra, buscaban soluciones a la masacre que cada dos años sufrían. En 1979 le aceptaron entre sus filas. Solo seis años después, Seve protagonizó la victoria en muchos años. Como diría Lee Trevino, «cuando [los ingleses] consiguieron que jugara, Seve –quien siempre quiso ganar a los americanos después de escuchar que decían que tenía mucha suerte– dijo: ‘Subid y agarraros a mis espalda». Ballesteros no rehuyó su propio reto.

A día de hoy, la Ryder Cup es un torneo sin igual. Dramático, emocionante y exhaustivo como pocos. Hasta el punto de que, en 1991, Mark Calcavecchia tuvo que recibir oxígeno después de su partido de individuales con Colin Montgomerie. O cuando, en 1993, Davis Love III, ganador del punto final para EEUU entonces, tuvo que contenerse para no rendirse sobre sus rodillas y vomitar sobre la hierba antes de dar el último golpe en el hoyo 18 del recorrido inglés de The Belfry.

 

Miles de anécdotas para contar siempre la misma historia, la grandeza de la Ryder. Para no perder el punto, volveremos a Seve. Pues la mejor muestra del temor que los americanos tienen a los golfistas que defienden el honor europeo en la Ryder se traduce, sobre todo, en dos grandes momentos protagonizados por Ballesteros, aunque separados por 17 años.

La eterna pelea de Seve

Poco queda que no se haya dicho de Severiano Ballesteros y su estrecha relación con la Ryder, tanto en su decisiva faceta como defensor de la participación de Europa como equipo como en su fundamental papel para convertir a sus compañeros en ganadores. Es, de nuevo, de extrema sencillez encontrar referencias a su tesón, a su voluntad de mejorar y darle una vuelta más de pasión y esperanza al golf europeo; sin embargo, existe un momento que ha podido pasar desapercibido, una historia que define con muchísimo detalle lo que Severiano Ballesteros ha sido, es y será para este deporte y, sobre todo, este trofeo.

Primeros vestigios del otoño de 1995. Nueva York, Estados Unidos. Europa arrastraba dos dolorosas derrotas consecutivas a pesar del acertado liderazgo de Bernard Gallacher y visitaba a su rival en un feudo poco amigable para muchos de sus jugadores, como Colin Montgomerie, un escocés viciosamente odiado por aquellos lares. Después de pelear y sufrir durante cuatro largas jornadas, los europeos cedían demasiado espacio: dos puntos, 9-7 en el marcador y la extenuante y esquiva jornada de individuales por delante. Todos los antecedentes señalaban a Estados Unidos como campeón. Pero este nuevo concepto Europa siempre guarda algo en la Ryder. Y, sorprendentemente, ese algo vino de una dura derrota, pues fue el último partido de Seve en la Ryder.

«Seve no estaba jugando bien, realmente no era 9-7 abajo. Perdíamos 10-7», explicaba Montgomerie en un documental sobre aquella edición. Tanto la leyenda escocesa como el resto del equipo sabían que Ballesteros había perdido su partido antes de empezar; enfrente, el temible rookie Tom Lehman nunca le daría opción. «Sabíamos que su juego había desaparecido, sabíamos que iba perder. Simplemente, lo sabíamos. Incluso él mismo lo sabía…», añade Sam Torrance, otro integrante de aquella escuadra europea. Pero algo pasó. Porque el juego se pierde, pero el carisma siempre sobrevive.

La actitud europea no era la mejor. Conscientes de la situación, los jugadores protegieron a Seve. «Él saldría en el primer partido, no queríamos que perdiera la Ryder de la forma en que estaba jugando y desde ese primer partido no puedes perderla, realmente», continúa Monty.

Desde el tee del 1, Seve encontró problemas. Un campo estrecho y repleto de los característicos altos y frondosos árboles de Rochester abrumaron su drive. En ningún momento, Seve pareció tener su juego bajo control. De hecho, nunca lo tuvo, aunque tampoco consintió que nadie viera esa sensación. «En la cancha de prácticas, teníamos esa impresionante pantalla de televisión. Todos veíamos a Seve hacer un par detrás de otro desde cualquier rincón, desde cualquier situación», asegura Torrance, quien encontró la motivación en la infinita pelea del español: «Fue tan impresionante ver cuánto estaba dando todo para mantenerse y sacar algo de su partido, que fue una inspiración. Absolutamente. Nos dio esperanza, nos dio todo lo que él estaba dando por el torneo, todo lo que para él significaba. Es el mejor jugador de la historia de la Ryder Cup».

Seve perdió su partido al terminar el hoyo 15. Una derrota contundente. Pero todo salió bien, porque Seve siempre lo creyó. «Creo que aquel día aprendí más sobre la tenacidad que en el resto de los días de mi vida», confesó Lehman años después. Europa remontó e inició una de las grandes eras de dominio en el golf mundial, liderando una racha de ocho victorias por solo tres de Estados Unidos en las últimas 11 ediciones. «Miras hacia atrás y ves la pasión que Seve tenía por este torneo, que Seve tenía por el golf que sabías que, fuera cual fuera la situación, siempre tendría una gran oportunidad para ganar», finaliza Montgomerie, un ferviente seguidor de la raza del golfista español.

Medinah

De la última Ryder de Seve es obligatorio pasar a la primera sin él. Sin Severiano Ballesteros. Un hecho difícil de imaginar. Sin embargo, aquel mes de septiembre de 2012, Seve demostró que ni Europa ni la Ryder jamás volverían a estar solos. Porque ninguno de los dos no sabe andar sin que el golfista español le señale el camino.

De nuevo, en Estados Unidos. La sede: Medinah Country Club, a las afueras de Chicago. El campo donde Sergio García le dijo al mundo que él también podía discutir a Tiger Woods. Los días previos al torneo, Europa no era una fuente de alegría. Había cierto temor, pues en 2008, Estados Unidos había arrasado a los europeos con un brutal exhibición de golf, especialmente el domingo, en los individuales. Y no fue un miedo infundado. Literalmente, todo salió mal. A media tarde del sábado, solo quedaba saber por cuánto perdería Europa, capitaneada entonces por José María Olazábal. 10-4 en contra y solo dos partidos por jugar. Entonces emergió una figura única, barnizada con el mismo carácter indomable que abrillantó la carrera de Seve.

La aparición de Ian Poulter fue espectacular. El inglés, animal de Ryder, máximo esplendor de la inigualable flema inglesa, lideró el suspiro europeo a última hora del sábado. Cinco birdies en los últimos cinco hoyos para ganar su partido en el 18 y, después de la victoria de la pareja Luke Donald-Sergio García, ajustar un poco más el marcador. 10-6 y un domingo entero para creer.

 

Llegados a este punto, es necesario recordar un nueva efeméride, rebobinar 13 años, a otro domingo de época en Brookline, Boston. Entonces, los americanos perdían 6-10; entonces, los americanos debían remontar; entonces, los americanos necesitaban el milagro. Tras una exhibición de juego pocas veces igualada, todo se redujo al green del hoyo 17 del último partido. Casualmente, el protagonista era el propio Olazábal, quien perdía por un hoyo de diferencia ante el infatigable Justin Leonard. Leonard, intratable con el putt entrelazado en sus dedos, se enfrentaba a un golpe cercano a los 16 metros. La bola dibujó la pendiente con decisión. Y terminó dentro del hoyo. Mientras Olazábal esperaba su turno para puttear, Estados Unidos al completo entró en ese green a celebrar el golpe de Leonard. Varios minutos después, el español pudo enfrentarse a su putt. Lo falló y Europa claudicó al empuje americano. Los dioses del golf se apuntaron aquel momento…

De vuelta a Medinah, al año 2012, el primer domingo de octubre amaneció diferente, con el mismo aura de milagro que la fatídica tarde de Brookline. Europa arrasó. La tendencia cambió con tal brusquedad que nadie pudo controlar lo que estaba pasando. Uno tras otro, los europeos fueron subiendo el número que les identificaba en el marcador. McIlroy, Donald, Lawrie, García, Rose. Todos. Daba igual la forma. Aplastando, luchando, sufriendo. Rose levantó su partido en los dos últimos hoyos. García vio como la celebración de su rival en el penúltimo putt se quedaba en pura intención. Y el final trajo a Martin Kaymer, una de las grandes dudas del equipo europeo. Daba igual, también iba a ganar su partido. Seve estaba en todas partes aquel día. Y Europa lo sintió, lo vivió y lo disfrutó. ¿Un milagro? Difícil confirmarlo. Lo que sí es cierto es que los europeos no estuvieron solos.

París 2018 o cómo extender el legado

A falta de nueve meses exactos para que París acoja una nueva edición de la Ryder, Estados Unidos parece haberle recuperado el pulso a la competición. Liderados por una impresionante cantera de golfistas y, sobre todo, de competidores, le han cogido el pulso al trabajo en equipo y la próxima Ryder promete ser un espectáculo sin igual. Y sí, de nuevo, Seve será el mejor exponente de por qué la Ryder Cup es la mejor competición deportiva del mundo, de por qué Europa jamás volverá a ser un equipo perdedor, de por qué Estados Unidos siempre le recordará con temor. Si no, solo tienen que recordar las palabras de Paul Azinger: «Querer a Seve resultaba inevitable, excepto una semana cada dos años». Este año toca vivir esa semana.

Fernando López De Lorenzo
Fernando López De Lorenzo
No nací un bunker, pero sé bien, o eso creo, qué hacer para no pasarme la vida dentro de uno de ellos. Me gusta el golf hasta el punto de dormir en la misma habitación que mis palos, de hablarles durante la vuelta para que se sientan cómodos y de no meter una caja de bolas en la bolsa el mismo día que voy a jugar porque creo que no les ha dado tiempo a confraternizar con los hierros. Lo dicho, un friqui del golf.
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