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Marwan: el hijo del refugiado llenó el Palacio

Yo conocí a Marwan hace dos meses, y no quiero decir que conociera sus canciones entonces, sino que conocí a una persona de la que no tenía noticia. Miento: había visto su foto en algunos carteles los que empapelan Madrid y lo tomé, de manera casi inconsciente, por un intérprete de música indie o, lo que es peor, por un disc-jockey. DJ Marwan tocará esta noche en la sala Rasputín. La vida encaja si la miras de reojo.

Cuando me dijeron que Marwan cantaría en uno de esos indefinibles eventos que organizamos cada cierto tiempo (Podcast TV, Everythingpodcast, Merienda electrónica), me sorprendió la alegría general: Marwan era un tipo importante que le daría fuste a nuestra aventura en el showbusiness. Acto seguido, y para disimular mi ignorancia, le busqué en internet y leí la primera entrevista que encontré, un par de preguntas y respuestas, lo suficiente para hacerme una idea general: Marwan era un DJ triste.

A partir de ese instante, pierdo la noción de mis prejuicios. Marwan nos devoró. Sin esperarlo, al menos yo, nos vimos envueltos en una ciclogénesis explosiva de vitalismo y no estoy hablando del vitalismo de Pocholo, caso de que siga vivo, que así lo espero; me refiero a un vitalismo natural, sin aditivos y sin conservantes, un vitalismo contagioso y generoso, amable y tierno, algo infrecuente en un ciudadano de a pie y absolutamente inaudito en un cantante al galope.

La destrucción fue total: nos hizo sentir famosos y buenos escritores, preguntó más y rió mejor. En lugar de ponerse medallas, se las quitó y nos las fue prendiendo en la solapa. Después, o entre medias, ya no recuerdo, dedicó a sus padres y a su hermano Samir, allí presentes, unas palabras de agradecimiento y amor, como si nos los hubiera visto hace años, o como si todo aquello fuera importante, la culminación de una carrera, el Madison Square Garden o el Dorothy Chandler Pavilion. Y luego cantó.

Marwan, en el Palacio. / ©Óscar Lafox
Marwan, en el Palacio. / ©Óscar Lafox

Anoche, o en la noche del viernes 12 de enero de 2018, por si llegan hasta aquí desde otra era, Marwan dio su primer concierto en el Palacio de los Deportes de Madrid, ahora llamado WiZink Center. Será la primera de sus muchas actuaciones en el mismo escenario, no cabe duda, pero su última aparición en esa zona de penumbra que se forma entre la fama y el anonimato. Marwan ha empezado a ser estrella. Sus canciones se comienzan a escuchar en las radio fórmulas y a la comunidad de fieles se irán incorporando, progresivamente, masas de espectadores de menor fidelidad pero gran bullicio. Dentro de muy poco tiempo, Marwan estará de moda y la sala Rasputín colgará enmarcada la púa de su guitarra.

Mi convicción no proviene de mis conocimientos del panorama musical, ya se habrá advertido. Me limito a constatar lo que siento y lo que vi. La inmensa mayoría los espectadores que llenaban el Palacio, incluidos aquellos que le hacían los coros y los silencios (seguramente veteranos en decenas de conciertos), estaban absortos ante el vendaval Marwan, como si para todos fuera la primera vez. Pongo un ejemplo clarificador que deben leer con el hambre de las nueve de la noche: una chica situada a mi lado asistió al concierto con una bandeja de nachos que pasaron de la cremosidad a la coagulación y de allí al rigor mortis sin ser probados; tal era el estado de estupefacción de su portadora.

La preponderancia del público femenino merece una consideración. Como se suele definir a los cantantes por su público habrá quien esté tentado a calificar a Marwan como un cantante moña. Tal cosa no sería un pecado, ni siquiera un problema, pero es un error. En él se mezcla la sensibilidad de los cantautores intimistas con la energía de los más desaforados cantantes de rock, y no creo ser original en esta combinación. Marwan folla más veces de las que hace el amor; en sus letras hay más lenguas y pubis que bocas de fresa, más gritos que susurros. Digamos que el viaje es explícito y a su finalización se recomienda ducha: “El kilómetro cero está entre tus piernas”. El mismo contraste se advierte entre su público femenino (en el masculino me fijé menos): hay muchas mujeres que no han cumplido los treinta, ni siquiera los veinte, pero también hay otras que han visto arder naves más allá de Orión.

El encuentro funciona porque es terapéutico. Aquí no se trata de lo sagrado, sino de lo sangrado. Marwan canta como si su ex novia estuviera en el auditorio y para eso nos hubiera gustado cantar a todos: “Me jodes la vida y te hago tres discos”.

Bajó del escenario para cantar junto al público, invitó a Rozalén, el Pez Mago y Luis Ramiro, este último como influencia evidente y auditiva; que Luis Ramiro no disfrute del reconocimiento que espera a Marwan es una de tantas injusticias de la vida, enésima prueba de que llegar lejos y llegar hondo son asuntos distintos.

Finalizo como empezó él. “Esta noche puede pasar cualquier cosa. De hecho, ya ha pasado: el hijo de un refugiado está cantando en el WiZink Center”.

Gracias, Marwan. Gracias a tu padre por venir y gracias a tu novia por marcharse.

Juanma Trueba
Juanma Trueba
Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS hasta que le tiraron del tren. Luego se lanzó a una aventura a la que puso por nombre A la Contra. Y en ella sigue.
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3 COMENTARIOS

  1. Enhorabuena Trueba,por abandonar tus prejuicios…enhorabuena Marwan,por hacernos abandonarlos..con letras de realidad en tus canciones,tienes ese don de llegar a alguien y quedarte para siempre..Gracias.

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