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¿Adónde van los patos cuando el lago se hiela en invierno, Lady Bird?

Alguien, no sé quién, no recuerdo ahora su nombre, dijo que, a estas alturas del curso de la humanidad, todas las historias ya están contadas y, por lo tanto, lo único que una persona puede hacer es contar todas esas historias de forma diferente. Lady Bird, el magnífico filme de Greta Gerwig, cuadra perfectamente con esa sentencia. Al amparo de la maravillosa, profunda y, a la vez, transparente interpretación de la joven Saoirse Ronan, la hasta ahora actriz y guionista nacida en Sacramento ha logrado con su debut en solitario en la dirección un honesto, respetuoso, sincero e inteligente ejercicio narrativo sobre el mundo actual que deja en el espectador, al final, un poso de tierna nostalgia.

Sarcástica y conmovedora, Lady Bird no es más que otra película sobre sentimientos universales de sobra sabidos por todos: el paso de la infancia a la madurez, las relaciones paternofiliales, la necesidad de pertenecer a un sitio y, al mismo tiempo, volar hacia la libertad. En esencia, es, como dijo aquella persona de la que no recuerdo su nombre, la historia que nos han contado una y otra vez, pero contada ahora de forma diferente. La misma fórmula de siempre, en definitiva, cocinada según las anotaciones de una nueva receta (y también, hay que destacarlo, con una visión femenina y feminista, una circunstancia que, en un año marcado por el escándalo Weinstein, se antoja todavía más necesaria).

Volver a contar la misma historia de siempre una vez más de forma diferente. Parece un objetivo sencillo. Pero no lo es.

Hay un momento de la película en la que Lady Bird llama por teléfono móvil a su madre desde la puerta de una iglesia en New York y, pensando en esa importantísima escena cuyo contenido evidentemente no desvelaré, me acordé de un reportaje que salió publicado hace ya algunos años en El País Semanal y que, en mi caso, debe estar cogiendo polvo junto con otras revistas en alguna de las cajas de mudanza que tengo en mi trastero. En ese reportaje, Bernardo Atxaga se iba a la Gran Manzana para intentar recorrer los distintos lugares por los que pasa Holden Caulfield en la legendaria novela El guardián entre el centeno. Era un texto excelente, pero me vino a la mente por la conclusión a la que llegaba el escritor vasco en sus líneas: para él, la aclamada obra de J.D. Salinger no trata sobre un héroe que odia a los farsantes o sobre un rebelde que no quiere pertenecer a una sociedad materialista y superficial, sino que no es más que una novela sobre un personaje que quiere regresar continuamente a su infancia. Y, además, Atxaga sitúa en un lugar físico la infancia de Caulfield: Central Park. “¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?”, era lo que le preguntaba Caulfield sobre los patos de uno de los lagos del famoso parque neoyorquino a un taxista en el mítico libro de Salinger.

Y, vosotros, ¿lo sabéis? ¿Sabéis adónde van los patos de Central Park en invierno cuando el lago se hiela?

Hace treinta años ya desde que el espadachín español Íñigo Montoya quiere matar al conde Rugen en La princesa prometida porque “tú mataste a mi padre, prepárate a morir” y, hace apenas un rato, acabo de leer en el Washington Post que el FBI consideró que la inolvidable película navideña ¡Qué bello es vivir! era “propaganda comunista”. En serio: según el principal servicio de investigación criminal estadounidense, esa compasiva y humanista historia sobre cómo las actuaciones de cada individuo afectan a la gente que le rodea no era nada más que un intento de calumniar a la clase alta y de “mostrar que las personas que tenían dinero eran personajes mezquinos y despreciables”.

Llegados a este punto, lo único que puedo hacer es reiterarme: volver a contar la misma historia de siempre una vez más de forma diferente parece un objetivo sencillo, pero no lo es.

Aquí en Estados Unidos reestrenan cada Navidad en algunas salas de cine la citada ¡Qué bello es vivir!, la imborrable película de Frank Capra, y, cuando me enteré, pensé para mí mismo que alguna ventaja tenía que tener vivir a miles de kilómetros de tus seres queridos, de las únicas personas que realmente te importan. A veces, la distancia es, precisamente, la solitaria incógnita que falta en la ecuación para darse cuenta de que Lady Bird, Holden Caulfield, Íñigo Montoya o George Bailey, con sus diferencias y con sus contradicciones, con sus carencias y con sus virtudes, son distintas formas de la misma impresión, son los patos que nadan en Central Park.

Porque, ¿adónde van los patos cuando el lago se hiela en invierno? ¿Adónde van a ir, Lady Bird? Los patos regresamos a nuestra casa. A nuestra infancia. Al sitio al que pertenecemos, aunque nos hayamos marchado de allí para volar hacia la libertad.

Supongo que ese regreso no es más que la misma historia que nos han contado siempre, pero ahora la contamos de una manera diferente. Y, sí, habitualmente, en Navidad.

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