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Sobre Yorgos Lanthimos y su ciervo sagrado

Aún recuerdo la impresión que me causó la primera película que vi de Yorgos Lanthimos, allá por agosto del 2011. Pasé una semana trabajando en Madrid mientras mi familia disfrutaba de la playa. Al salir de la oficina, a la hora en la que empieza a anaranjarse el cielo, atravesaba el Templo de Debod hasta llegar a otro de los templos de la capital, los Cines Princesa. Permanecía unos minutos en la entrada contemplando los carteles de las películas, con sus hojas de laurel ganadas en festivales desconocidos, librando un combate parecido al de las chaquetas de los generales rusos en el día del desfile del Ejército Rojo. Son esas películas que se pasean renqueantes por las salas de cines alternativos sin que casi nadie hable de ellas, salvo unos cuantos críticos a los que el cine experimental les ayuda a contener el bostezo. De ese tipo de películas, ya saben, las que espantan a la clientela de Tous y Lladró.

Así fue como llegó a mi vida la película Canino. Salí del cine con la mirada perdida, no me lo podía creer. Canino era una historia extraordinaria, la de unos padres que se proponen que sus hijos no tengan ninguna influencia del exterior. Esa idea, llevada a sus últimas consecuencias, convertía esa hora y media en algo hipnótico, verdaderamente único. Nunca me olvidaré de aquella noche, Canino seguirá siempre formando parte de mi biografía.

Sin embargo, después de aquel verano, no volví a ver ninguna película de Lanthimos. No son el tipo de películas que echan por la tele y, sinceramente, cuando te lías a tener hijos la visita al cine casi siempre tiene relación con unos dibujos que se mueven. Pero al igual que le ocurrió a mi generación en el siglo pasado, les está ocurriendo a mis hijos en el presente: crecen. Esta ha sido la razón biológica por la que un mes de diciembre del 2017 me ha devuelto al mes de agosto del 2011, haciéndome de nuevo coincidir con el director de cine griego, esta vez con su último estreno en la cartelera, El Sacrificio de un Ciervo Sagrado.

Desde el primer momento reconocí la voz del autor. Lanthimos sigue haciendo el mismo cine, es muy personal, se esfuerza por subrayar su promesa de marca. He aquí algunos de esos elementos: una idea original desarrollada en un entorno desconcertante, una interpretación alienígena, casi robótica, de los personajes; unos primerísimos planos, silencios infinitos, emociones reprimidas … Lanthimos tal y como yo le recordaba en Canino.

En este caso, el tema elegido ha sido la venganza. Una venganza brutal, sin parangón con ninguna otra, llevada al extremo. Un recuerdo que coincide con el que guardo de mi primera experiencia, aunque visto desde otra perspectiva. Y es precisamente esa otra perspectiva la que me ha provocado el rechazo al ver esta película. Fui a un centro comercial, lejos del Templo de Debod; mi coche me esperaba en el parking y fuera hacía frío. El Sacrificio de un Ciervo Sagrado es Segismundo encerrado en una torre, Canino es el sueño de una noche de verano.

Casi sin saber el motivo, me empezaron a molestar algunas cosas. Lo primero fue caer en la cuenta que ya no es una película de cine alternativo, la elección de sus dos protagonistas, Colin Farrell y Nicole Kidman, son una buena declaración de intenciones. Por otro lado, la etiqueta de “cine experimental” no encaja con lo que vi en el cine. Ese experimento ya estaba hecho.

Luego empecé a reparar en lo retorcido de algunas historias que acompañan a la trama principal. Me empezaron a resultar desagradables algunas escenas de sexo que entendí fuera de lugar, como si este director quisiera construir su identidad en base a actitudes que, fuera de contexto, me harían reír y llorar, justo en ese orden.

Además está ese título, me pasé toda la película preguntándome sobre su significado. En Canino existe una explicación, pero en esta … ¿a qué sacrificio se refiere? Debe estar relacionado con la mitología griega, pero me molestó que no se explicara en la película. Me recuerda a esa señal de tráfico que aparece con tanta frecuencia por las carreteras españolas, “Cuidado, Ciervos”. Las veo por todas partes, pero el ciervo no aparece.

Al final caí en la cuenta de que las buenas ideas no son suficientes para armar buenas películas. Yorgos Lanthimos es genial con el brainstorming, pero no es el mejor en lo que viene detrás, en el desarrollo de la idea para transformarla en una película redonda. Amigo Yorgos: las ocurrencias perversas funcionan si pones detrás una gran historia que las sostenga.

Lo reconozco, no soy el mismo del 2011, no tengo la misma mirada. La vida son ciclos de siete años y yo debo estar viviendo el drama de quien pasa de página. En estos días de abrigo y bufanda siento la nostalgia de una semana solitaria en Madrid, esas noches cálidas que suceden a cielos anaranjados, los paseos por el Templo de Debod y las llegadas distraídas a los Cines Princesa.

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