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La ruta del antihéroe de Belfast

Belfast no es una ciudad para héroes. No, al menos, para los héroes al uso. Y es que, posiblemente, los barrios obreros de North y West Belfast son el último reducto del mundo donde se buscan heroicidades de cualquier tipo. Aquí, en estos avisperos de confrontación entre comunidades vecinas, fue donde se implantó por primera vez ese concepto tan norirlandés de las peace lines, que no son otra cosa que muros y alambradas de varios metros de alto, construidas con el único objetivo de que católicos y protestantes se matasen un poco menos.


REVISTA LIBERO / Texto y fotografía: Fernando Mahía


Lo más dañino de estas paredes no es ni el alambre ni el cemento, ni siquiera los portones. El mayor poder con el que cuentan estas fronteras urbanas está en otro lado, en el mundo de las ideas, y es ahí donde ejercen su mayor influencia. Porque al igual que ocurría con los cócteles molotov que durante años volaron por encima de las peace lines, artefactos que pasaban en pocos metros de ser un arma defensiva a amenaza, estos muros logran cambiar por completo el concepto de cualquier objeto o persona que intente atravesarlas. La amenaza es vista al otro lado como una defensa. El pacificador, posiblemente sea un traidor al otro lado. La polarización es total: Celtic o Rangers, Palestina o Israel, Irlanda o Gran Bretaña. Y, por eso, los héroes no son nadie aquí, no funcionan. Porque si te consideran un héroe de un lado, probablemente seas un canalla, un asesino, un enemigo, al otro extremo de la peace line.

Pocas cosas pueden atravesar una peace line sin alterarse. El odio, por ejemplo, fue igual a ambos lados durante décadas. Se filtró por las grietas de los muros como si nada, manteniéndose igual de mezquino a ambos lados. Al odio lo ha sustituido ahora el recelo, que también se cuela sin pedir permiso. Y también la cerveza, y el whisky, claro, con el que se peca a niveles industriales se sea católico o protestante. Incluso el acento de barrio obrero de Belfast sigue siendo igual de ininteligible a un lado y al otro. En cuanto a las personas, es extremadamente raro encontrar a alguien del que se tenga una imagen positiva a ambos lados. Muy pocos lo han conseguido. Ciertamente, ningún héroe lo ha hecho. Esa no es misión para ellos.

Aquí viene al pelo el diálogo de Juego de Tronos, en el que un hombre siempre muy grave le expresa su admiración a un hombre siempre muy ebrio. “Cuando te vi cruzar las murallas”, comenta el siempre muy grave acerca de un pasado asedio en el que el siempre muy ebrio rompió las líneas enemigas, “creí que eras el hombre más valiente en el mundo”. “No”, le respondió éste, “solo era el más borracho”.

Pues bien, en Belfast, ocurre algo similar. Solo el recuerdo del más borracho —porque, de no serlo, seguro que George Best estaría en la pelea— es capaz de cruzar las peace lines como le da la gana, sin hacerse jirones la ropa, sin dejarse nada a un lado, siendo su grandeza una de las pocas cosas en las que los más radicales de cada lado pueden estar de acuerdo. Quizás, porque ya hay demasiado drama en esos malditos muros, solo esta especie de recuerdo funambulista, que se pasea ebrio por encima de las peace lines como si nada, es lo más parecido al acuerdo que se ha conocido en West y North Belfast. En absoluto porque George Best fuese un héroe. Más bien, por ser un borracho. Por mujeriego. Por bala perdida. Y, también, claro, por genio.

Un fantasma en Cregagh Estate


La Belfast de George Best comienza a unos cuantos kilómetros de los barrios segregados del Norte y el Oeste de la ciudad, en un mundo completamente diferente. Best nace en el barrio de Cregagh Estate en el año 1946, justo un año después del final de la Segunda Guerra Mundial. 16 años después ya estaba en Manchester, poco antes de que diesen comienzo los Troubles, el conflicto norirlandés que no finalizaría hasta los Acuerdos del Good Friday de 1998. Nacido para dejar el drama a un lado, Best conoció la mejor mejor Belfast de lo que quedaba de siglo XX. La Belfast que se recuperaba ya de los bombardeos de la aviación nazi y, a la vez, no vivía todavía las explosiones de violencia sectaria entre el IRA, las bandas paramilitares protestantes y el Gobierno británico. Además, Cregagh Estate, como muchos otros barrios de East Belfast, no convivía a diario con la cohabitación de religiones. Aún hoy en día, esta zona de la capital norirlandesa es unionista y protestante en su gran mayoría, con la Union Jack presente en cada recoveco del barrio. Por supuesto, la familia Best también era protestante. De hecho, el padre Dicky formaba parte de la muy conservadora Orange Order, una organización relacionada en ocasiones con milicias paramilitares unionistas como el UVF o el UDA, grupos de pistoleros dedicados a sembrar el terror en la comunidad católica.

Sin embargo, la violencia le pillaba lejos al barrio obrero de Cregagh Estate por aquel entonces, que hoy sigue manteniendo el mismo aspecto apacible que debía tener en la época del joven Best. Centro de peregrinación (muy) casual para aficionados freaks de todo el mundo, cualquier vecino sabe que si un turista llega hasta aquí tiene que ver algo con Best. Uno de estos locales es Ian, un hombre amable donde los haya, siempre dispuesto a darle a cualquier turista, visitante o peregrino futbolero que se pase por Cregagh Estate un paseo en coche hasta el camposanto de Roselawn, donde se encuentra la tumba del futbolista. Sin problema. Sin pedir nada a cambio. “Yo suelo ir a menudo para ver la tumba de mi madre, así que no me importa subir hasta allí”, miente Ian, que en realidad sabe mucho mejor donde está la tumba de Best que la de su propia madre.

Ian lo tiene muy difícil para olvidarse de Best. Allí, a pocos metros de su casa, se encuentra el centro neurálgico de Cregagh Estate, quizás el lugar que mejor homenaje rinde al Balón de Oro de 1968. Allí, a los pies de la única torre de viviendas del barrio, unas vallas rodean el campo de césped natural donde el de Cregagh dio sus primeros toques. Al fondo, uno de los dos murales de George Best que quedan en todo Belfast, vigila que sus vecinos más pequeños progresen adecuadamente en el arte del fútbol.

Barrio de Cregagh Estate. ©Fernando Mahía
Barrio de Cregagh Estate. ©Fernando Mahía

La decadencia del antihéroe


El problema de los tipos como Georgie, los antihéroes de turno, es que siempre juegan con una especie de peso a sus espaldas: la de la inevitable decadencia. Una decadencia que ya no solo afecta a la vida del personaje, sino también a su legado. Los niños que juegan en Cregagh Estate, vigilados por su mural, ya no visten la camiseta del United o de Irlanda del Norte con el 10 de Best, sino con la de otros productos mercadotécnicos perfectos, más modernos, más trabajados, más héroes de toda la vida.

Por otra parte, pocos ya se acuerdan de la presencia de Best por estas calles. La mayoría de vecinos hablan de su padre, Dicky Best, de su hermana, de conocidos que lo conocían, de familiares que lo trataban, pero pocos afirman haberlo visto en su vida por las calles de Cregagh, con la excepción de un anciano con más años probablemente que el propio barrio. Algunos vecinos incluso se indignan ante la pregunta de si lo recuerdan, como si fuese una forma de llamarles ancianos a la cara. Hace ya más de medio siglo que Best dejó Cregagh, y ahora su presencia es como la de un fantasma, un fantasma muy querido, sí, una presencia que todo el mundo siente o quiere sentir; pero de la que, físicamente, poco queda ya. Y lo poco tangible que queda de su paso por Cregagh, además, se va apagando poco a poco. Ahora, la construcción de una nueva casa ha tapado la vista del mural de Best desde varias zonas del barrio.

Mural dedicado a Best. ©Fernando Mahía.
Mural dedicado a Best. ©Fernando Mahía.

“Motherfuckers”, suelta de forma sucinta Johnny, vecino de Burren Way, cuando se le pregunta qué le parece que hayan tapado sus vistas del mural de Best. En su misma calle, en el número 16, está la casa a la que llegaron Dickie y Anne Best en 1948. Allí, a poco más de 50 metros del campo de fútbol de Cregagh Estate, vivió el Quinto Beatle hasta que el ojeador Bob Bishop le escribió un telegrama al mítico Sir Matt Busby, entrenador del United de la época: “Creo que te he encontrado un genio”. Ahora, el 16 de Burren Way funciona como apartamento vacacional para esos mismos freaks futboleros que llegan hasta Cregagh Estate, pudiéndose hospedar en la misma habitación en la que vivió Best, que sigue decorada igual que hace 50 años.

“Es triste que no tengamos más cosas de él”, comenta Johnny, que muestra con orgullo un billete de cinco libras del Banco del Ulster con la figura y rostro de George Best. Y continúa: “De aquí, de su casa de Burren Way, salió el coche fúnebre que lo llevó hasta el cementerio de Roselawn. El conductor tenía que ir parando cada poco y sacando todas las flores que le tiraban al coche, porque no podía ni ver”. Era noviembre de 2005, y el cadáver de Best había regresado a Belfast desde Londres para recibir un funeral a la altura de un jefe de Estado. Más masivo que el de cualquier héroe. Johnny, su vecino, estaba allí. E Ian también, el taxista no oficial de Cregagh que sigue repitiendo la ruta del coche fúnebre para, muy entrecomillas, “ver la tumba de su madre”. Y, junto a ellos, gente de todas las procedencias y religiones, llegados de diferentes partes de Belfast, católicos, protestantes y lo que fuesen.

Fachada de la casa de la familia Best. ©Fernando Mahía
Fachada de la casa de la familia Best. ©Fernando Mahía

La verdadera dimensión del Belfast Boy


Y es que para entender la verdadera dimensión de George Best en Belfast, su ascendencia sobre el imaginario colectivo de la capital, hay que alejarse de su feudo protestante de toda la vida. Es, sobre todo, en los lugares más católicos y republicanos, en otros lugares de la capital de Irlanda del Norte en los que cualquier cosa que huela a británico, a protestante, es repudiada, donde se puede valorar mejor el valor de Best como el antihéroe perfecto de esta ciudad.

Tony, dueño de una tienda de souvenirs en la céntrica Howard Street, da una de las mejores respuestas al por qué católicos como él también idolatran al chico de Cregagh: “He was a men’s man”, algo así como un gentleman del pueblo. “Se tomaba unas pintas con cualquiera, no le importaba si eras católico o protestante”, explica.

Sin duda, el producto estrella de la tienda de Tony son las figuras talladas de George Best y Alex Higgins, otro ídolo, genio y antihéroe de Belfast, estrella del snooker en su caso, que vio su vida terminar en una decadencia total, ahogado por las deudas, adicciones y enfermedades. “Él era igual que Best, un hombre muy querido por todos”, comenta Tony, que procede de la Belfast de la que menos se habla, la de la zona sur, en la que la convivencia y los matrimonios mixtos, como el suyo, son lo habitual en vez de la excepción. No muy lejos de su casa, en Sandy Row, se encuentra el otro mural dedicado a George Best que hay en toda la ciudad. “South Belfast es diferente, allí está la universidad y hay una tradición mucho mayor de convivencia con personas de otras religiones y razas, casi no tenemos problemas sectarios; es muy difícil que allí alguien odie a Best por ser católico o protestante”, explica. En North o West Belfast la cosa es diferente, en barrios como Shankill o Falls Road la situación siempre fue mucho más complicada”.

Y tanto que lo es. La peace line que divide Shankill de Falls Road, en West Belfast, ha sido la más polarizada de la historia del conflicto norirlandés. Epicentro de la clase obrera católica, Falls Road todavía acoge la sede nacional del Sinn Féin, el partido nacionalista irlandés y antiguo brazo político del IRA. En esta amplia avenida, las opiniones acerca de Best ya comienzan a cambiar. “Sí, era muy bueno, pero no dejaba de ser un scot”, afirma un taxista católico de Falls, utilizando el término otorgado a los colonos protestantes británicos que llegaron desde Escocia hasta Irlanda del Norte. Y es que, por supuesto, tampoco todo el mundo adoraba a Best. Tan solo una ligera mayoría de norirlandeses apoyó el hecho de que el Aeropuerto Internacional de Belfast llevase su nombre. Se rumorea, también, que el IRA amenazó de muerte en una ocasión al futbolista del United. Y son muchos los republicanos en Falls Road que, seguro, siguen sin perdonarle el simple hecho de ser un scot.

Pub Red Devil. ©Fernando Mahía.
Pub Red Devil. ©Fernando Mahía.

Pero lo curioso con Best es que, hasta en la zona más hostil para un protestante de todo Belfast, es posible encontrar un pequeño santuario dedicado a su persona. Situado en el 196 de Falls Road, el Red Devil es un pub dedicado al Manchester United y a la temática revolucionaria, a partes iguales. Después de saludar en un perfecto euskera —“¡Kaixo!”— Jimmy Killyleagh, mánager del pub, y algunos de sus clientes habituales no tienen problema en reconocer, así, de entrada, que fueron miembros del IRA. “Era lo que teníamos que hacer para defender a nuestra gente”, explican. Las paredes y el techo del bar están repletas de banderas de Palestina, ikurriñas, esteladas, escudos del Sant Pauli, símbolos abertzales, carteles del IRA y fotografías del Che Guevara, que se reparten el espacio con decenas de fotos de George Best y bufandas del Manchester United. Cuando les toca hablar de sus vecinos protestantes, Jimmy y sus parroquianos los definen como gente desconfiada, conservadora, reacia a cualquier acercamiento con los católicos. Según dicen, cruzar la peace line que divide Falls y Shankill sería cometer un suicidio. “Nos matarían”.

Sin embargo, el tono hostil desaparece del pub cuando toca hablar de George Best, un protestante con patente de corso en el Red Devil. “¿Por qué nos iba a importar que fuese un scot?”, dice Jimmy, que guarda como reliquia una foto de Best vistiéndose la camiseta del Celtic de Glasgow en un partido amistoso en Sidney. Aunque para Best, aquel gesto, el de vestirse la camiseta del equipo irlandés y católico de Glasgow, probablemente no significase nada, para la gente del Red Devil es una especie de justificación para poder quererlo, para tomarlo como uno de los suyos. “Él quería que las dos Irlandas —la del Norte y la República de Irlanda— jugasen como una sola selección”, añade un hombre de unos 60 años que se hace llamar Uncle Beef, otro de los veteranos del IRA. “Era un buen hombre”, suelta Jimmy, poniendo fin a toda una retahíla de argumentos con los que todo el Red Devil intenta justificar su aprecio por Best. Al no poder idolatrarlo sin más, Jimmy, Uncle Beef y demás han encontrado las anécdotas más rebuscadas para poder expresar sin miedo su respeto por Best. Pese a ser un protestante, un hijo de un Orange Order, un vecino de Cregagh Estate.

Y es ahí, en ese santuario a su persona en pleno territorio hostil a cualquier otro protestante, o en todo este viaje a través de las muchas Belfast de Best, o en los desplazamientos de Ian hasta el cementerio de Roselawn, es en donde se descubre la gran herencia de The Belfast Boy: su capacidad para cruzar peace lines como quien atraviesa aire. Para conseguirlo, lo único que hizo fue ser un man’s man, un borracho, un vividor, un genio. Cualquier cosa, menos un héroe.

Cementerio de Roselawn. ©Fernando Mahía.
Cementerio de Roselawn. ©Fernando Mahía.
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